Corona poética a San Vicente Ferrer, en el siglo IV de su canonización, al escritor Fénix del siglo III (29) y a quienes le visitaron en el V.

Aunque dirigida al Fénix del siglo IV, después de cien años llega a nuestras manos la ingeniosa carta de Vmd., entre cuyas líneas bien podemos decir que la urbanidad va con el sombrero en la mano, haciendo cortesías a todos. Por supuesto, al leer el libro de Vmd., experimentamos un sentimiento indefinible, una mezcla de tristeza y alegría. De tristeza, porque pensamos vívidamente en nuestro interior a qué miserable velocidad pasan los hombres sobre la tierra... ¿Y qué decir del señor intendente, de quien tanto se habla? ¿Y del justicia mayor y los magníficos jurados, a quienes tanto aprecia? ¿Y de los poetas, cuyos versos transcribe? ¿Y de las hermosas mujeres, que pisaron con sus pequeños pies las calles arenosas de esta ciudad? Todo se fue, brilló y desapareció en poco tiempo, como la flor de un día o la sombra de una noche. Y no solo damas y caballeros, poetas y jurados, sino hombres ilustrados que llenaron el mundo con su gloria y celebraron instituciones que parecían perpetuas a los ojos de los hombres. El mundo dio un paso adelante y todo, instituciones y hombres, entró en las regiones de la muerte y el olvido. Pero a esta tristeza, que despierta en el alma la lectura del libro de Vmd., se mezcla un vívido sentimiento de alegría inefable; porque en estos días, así como en los mismos días del año 1755, Valencia se conmueve, se regocija y se adorna para celebrar al mayor de sus hijos, a quien el mundo habría dado el nombre de héroe, si la Iglesia no le hubiera dado el hermoso nombre de santo.
El mundo, es cierto, ha cambiado; pero la fe que lo ilumina, la esperanza que lo anima y la caridad que lo hace fructífero aún perduran.
El convento ha desaparecido, pero el fraile inmortal sigue entre nosotros...
Además, nos pareció singular su idea de escribir a los que estaban a punto de nacer; pero puede parecer aún más extraño que quienes vivimos hoy respondamos a una persona muerta. Lo hemos hecho, al menos para que el mundo sepa que escuchamos con respeto y agrado una voz que nos ha llegado a través de un siglo, ensalzando las glorias de Vicente Ferrer.
Su ejemplo era para ser imitado y seguido; y por eso, ocho valencianos, ocho amigos, hemos decidido tejer con las modestas flores de nuestro ingenio una humilde corona, que nos atrevemos a depositar con respetuosa timidez a los pies del Gran Santo.
La formamos solos, no porque desdeñáramos la ayuda de otros poetas que valen más que nosotros, sino porque no creíamos tener suficiente autoridad para invitarlos a trabajar en nuestra compañía; además de saber que los preciosos frutos de su musa verían la luz pública después de los días de las fiestas seculares, y nos impulsaba un vehemente deseo de dar ya en la primera de ellas un solemne testimonio de amor y veneración al Apóstol del siglo XIV. Con esto (confesamos ingenuamente) nos halagaba la idea de consagrar de cierta manera una amistad íntima y probada, reuniendo nuestros versos bajo la protección del tan ilustrado Mecenas; y aún esperamos, no por su valor, que el ingenio sea escaso, sino por la grandeza de aquel a quien van dirigidos, que, superando la corriente de los arios, llegarán al siglo próximo, y nosotros, los ocho valencianos, los ocho amigos, podamos presentarnos de la mano ante vosotros, ¡oh poetas! Que en 1955 veréis brillar de nuevo en el horizonte el sol de las fiestas seculares.
Como nos habló el Fénix del siglo III, nosotros, poetas oscuros, también queremos hablarles. Pero ¿qué podemos decirles? Aquel llenó su carta de agradables nimiedades: bueno, una carta como esta, escrita en los buenos tiempos del Rey de la Paz, del buen D. Fernando VI, ¡habla por sí sola! Pero vivimos en un mundo que aún se estremece con el estruendoso retumbar del trueno, y en días en que la humanidad se conmueve con el gran ruido de las tormentas que la amenazan.
Un hombre llamado Proudhon recorre hoy las calles de París; y otro hombre, cuyo nombre es Alejandro, se sienta en el trono de todas las Rusias. Su padre Nicolás lanzó las águilas moscovitas hacia los minaretes de Constantinopla, y una batalla de gigantes ha comenzado al pie de las murallas de Sebastopol. La Europa de hoy
no es 1755: ¿qué será en el mismo año del siglo XX? Dios lo sabe, a quien nada se le oculta, ni presente ni futuro.
Nosotros, sin embargo, aunque no todos profesamos las mismas opiniones en política, nos atrevemos a decirles que, cualesquiera que sean las alteraciones que la sociedad experimente en su forma e incluso en su esencia; cualquier progreso en las ciencias y las artes; incluso si inician prodigios con vapor y milagros con electricidad, nunca olviden que la existencia del hombre en la tierra es triste y fugaz; que todo vive un instante, excepto Dios, quien es quien es, y reina a través de los siglos; que todo es miserable y atrofiado, con la excepción de los hombres que, animados por el espíritu de Dios, van por el mundo haciendo el bien; excepto las instituciones que, vivificadas por su aliento divino, son las únicas que pueden ofrecer paz, justicia y libertad a los hombres.
A Dios, amigos y compatriotas. Cien años después, esta carta les llegará; oren por el alma de quienes la escribieron. Y sepan que, viviendo en tiempos oscuros y turbulentos, anhelan de corazón días serenos y pacíficos, y ruegan a Dios que los ilumine. Misericordia para los hombres, para que finalmente puedan vivir como hermanos en la tierra santificada por la misma fe, así como está iluminada por el mismo sol.
Valencia, 29 de junio de 1855.
ODA
Nunca de Dios la bondadosa mano
Pródiga siempre de celestes dones,
Castiga airada el proceder liviano
De un pueblo que ha escogido,
Sin que su amor con paternal dulzura
Mitigue la amargura
Del mismo pueblo en el dolor sumido
Nunca al tronar con magestad severa
Su justa indignación, cierra el oído
A la plegaria que con fe sincera
Le eleva el justo que piedad implora;
Pues retira su diestra vengadora,
Y trocando en perdón dura sentencia,
Del suelo mismo que agostó su rayo
Hace brotar con próbida clemencia
La planta bienhechora,
Bálsamo al triste que apenado llora.
¿Oís acaso en tempestad deshecha
Roncos bramar los desatados vientos
Que el mundo en sus cimientos
Parecen conmover? ¿Veis cuál se apiña,
De pardas nubes escuadrón tremendo,
Que arrojan con estruendo
El granito fatal a la campiña,
El rayo asolador que ardiente estalla,
Y el diluvio que hinchando los torrentes
Romper les hace la potente valla?
No desesperancéis: cobrad aliento:
Tras de esa nube que la muerte lanza,
Brilla tranquilo ya en el firmamento
El iris precursor de la bonanza.
¿Veis levantarse con feroz bravura
Pueblos hermanos, que el terrible acero
Revuelven contra sí, y en su locura
El noble pecho de la madre patria
Destrozan sin piedad? ¿Juzgáis acaso,
Al ver que por doquiera
Asaltan del poder los escalones
Bastardas ambiciones,
Que a través de las ruinas se abren paso,
Que no brillará el día
En que la paz levante
Con justo orgullo su pendón triunfante?
¡Oh! creed y esperad. Dios con su dedo
Señala diques a la mar bravía,
Y hoy es tranquilo lago
El que ayer con estrago
Pronto a tragar la tierra parecía.
¡Cuántas veces mi patria idolatrada,
Al borde ya de tenebroso abismo,
Alzó su faz de nuevo coronada
Radiante de poder y de heroísmo!..
.
Si el árabe feroz con arrogancia,
Al eco ronco del clarín de Marte,
Pasea su estandarte
De la opulenta Cádiz hasta Francia,
Pelayo con intrépida osadía
Pregonará la bélica cruzada
Que nace en Covadonga,
Y heroica siete siglos se prolonga
Para acabar en la imperial Granada.
Si Mahomad ambicioso,
Fiero el poder del África concita,
Y sus terribles hordas
A los iberos campos precipita,
Las Navas os dirán eternamente
El noble esfuerzo con que Alonso octavo,
Gefe de un pueblo generoso y bravo,
Sabe de lauros coronar su frente.
Si Aragón empeñado
En intestina y desastrosa lucha
Su robusto poder ve derribado;
Si pisadas las leyes,
Mira la patria en hórrida tristeza
Huérfano el trono de preclaros Reyes,
Y alzando la cabeza
Negra ambición en popular bullicio
Que huella la virtud y ensalza el vicio,
Volved la vista al apacible Turia,
Y admiraréis en mi Valencia bella
Al héroe insigne, al orador, al Santo,
Objeto ilustre de mi pobre canto.
Al incansable apóstol
Cuya potente voz robusta truena,
Y del vicio descubre
La repugnante faz de manchas llena:
Al varón eminente,
De caridad modelo,
Que vuela ardiendo de cristiano celo
A socorrer la humanidad doliente...,
Veréis, en. fin, al inmortal VICENTE,
Astro brillante de virtud y ciencia,
Que en los altares la piedad coloca,
Al que Valencia por Patrono invoca,
Al que por siempre ennobleció a Valencia.
¿Quién no siente su pecho
Latir ufano, recordando el nombre,
Del compatricio egregio, en cuya vida
No hay acto que no admire, que no asombre...!
¿Gime apenada en mísero abandono
Desvalida niñez?... VICENTE corre:
VICENTE al niño en su orfandad socorre;
Y ese imperial Colegio, en cuyos muros
Cual tierna planta crece
Y en la virtud florece,
A los siglos futuros
Dirá por siempre el nombre venerado
Del ínclito varón que lo ha fundado.
Si débil joven con amargo lloro
Mira perdido su mejor tesoro,
Y es hoy triste ludibrio
Del seductor perjuro
Que ayer la amó con entusiasmo impuro;
Si busca inútilmente
Donde pueda tranquilo
Latir su corazón, ved a VICENTE:
Su noble caridad le abre un asilo
Bajo sagrado y respetable techo,
Do en silencio profundo
Pueda encontrar su lastimado pecho
La paz ansiada que le niega el mundo.
Tan pronto en el retiro
De celda solitaria
Eleva a Dios su férvida plegaria,
Como en plaza anchurosa
Celoso misionero,
Oye su voz la multitud ansiosa.
Hoy, de los Reyes al consejo asiste,
Mañana le ve el pobre en su cabaña,
Ya vela al lado del enfermo triste,
Ya en cátedra elocuente asombra a España.
En todas partes su incansable celo
Al poderoso su deber predica,
Al pobre presta en el dolor consuelo,
La ciencia al joven con bondad esplica:
Y doquiera querido,
Es doquiera por todos bendecido,
Más que la vuelta del risueño Mayo
Que con sus flores el pensil adorna,
Más que el favor de suspirada lluvia
Que al seco prado su verdor, retorna,
Más que el alba serena
Tras negra noche de nublados llena.
Intrépido arrostrando la fatiga
El héroe generoso
Por sus hermanos su salud prodiga;
Que Dios le colocó sobre la tierra,
Cual bello sol que cuanto más se encumbra
Con más fulgor el universo alumbra.
Si Valencia le debe
Beneficios sin cuento,
El noble Reino de Aragón en breve,
Trocado en alegría el triste duelo,
Le deberá la paz hija del cielo.
La muerte despiadada
Invadió en triste día
El coronado alcázar, y el monarca
Baja a la huesa fría,
Sin que la voz de un hijo
Endulce su agonía.
Vacío el regio trono,
Cien bandos a la vez con fiero encono
Levantan su bandera,
Y con la espada en la irritada mano
Y el odio ciego en el altivo pecho,
Vertiendo sangre con furor insano
Que triunfe intentan su dudoso drecho.
El de Urgel orgulloso
Su injusta causa a los combates fía;
Maquina en sorda intriga cauteloso
El Duque de Gandía;
El que ya de Castilla el solio ocupa,
Con bélica arrogancia.
Crecida hueste a la frontera agrupa,
Y hasta Sicilia y la vecina Francia,
Nueva corona a su ambición buscando,
Mueven ocultas sedicioso bando.
¡Guerra! es el grito que en los aires zumba:
Y a esta voz... que estremece
El pecho de las madres, se enrojece
La devastada tierra,
Y abre anchurosa tumba
A los que llenos de entusiasmo y vida,
Ayer volaban a la lid sangrienta
Osado el pecho y la cerviz erguida.
¡Guerra! y en cada villa, en cada aldea
Por atrevida rebelión alzado,
Un enemigo pabellón ondea.
¡Guerra! y en negro duelo
Gime el hispano suelo.
¿A do van esos fuertes caballeros?...
¿Qué anhelan esos bravos ciudadanos
Que empuñan los aceros
Y vienen a las manos
Cual tigres carniceros?
¿Qué maléfico genio les impele
A redoblar con saña
Los males de la patria harto prolijos?
¿No son hermanos? ¡Ay! ¡la triste España
A todos ellos les llamaba hijos!...
¡Desgraciados! tened: ¡basta de sangre!...
No con negro delito
Queráis manchar vuestros ilustres nombres:
La patria os llama con doliente grito:
Harto fuisteis valientes; sed ya hombres.
No más venganza fiera,
Dad treguas al rencor y oid prudentes
La augusta voz de la razón severa.
¡Ah! por fin la escucháis... Ya en Caspe miro
En consejo supremo congregados
Los jueces, de tres Reinos alta gloria:
Allí nobles señores y prelados,
Allí sabios doctores,
Allí en puesto eminente
Descuella la virtud; allí VICENTE.
VICENTE, Sí; miradle; en su semblante
La paz del justo brilla;
Sus limpios ojos la bondad revelan,
Su noble aspecto la virtud sencilla.
¿Le oís?... Se abren sus labios,
y a su voz elocuente
inclínanse los sabios
Los pechos que latían.
En rencorosa sed de atroz matanza
Laten ya de emoción, no de venganza
Y el cielo, antes oscuro,
Deja entrever tras las preñadas nubes
Su azul hermoso refulgente y puro.
Habla, y Europa absorta
Oye el solemne fallo
Que de Aragón las disensiones corta;
Habla, y el pueblo que en sangrienta lucha,
Cruel se despedaza,
Al enviado del Señor escucha,
Y el hierro suelta, y con ardor se abraza.
Habla VICENTE y la nación entera
Con entusiasmo aclama
Al ínclito FERNANDO DE ANTEQUERA.
VICENTE le proclama
Rey de tres Reinos de esplendente fama.
Su augusta sien, con la diadema adorna:
Y... al claustro luego torna
A ser de nuevo el religioso humilde
Que junto al lecho del enfermo vela,
Y al desvalido asiste,
Y el llanto enjuga y el dolor consuela.
¡Honor al noble apóstol,
Que cual ángel de Dios sobre la tierra
Trocó en grato placer hórrida angustia,
Y en blanda paz la desastrosa guerra!
¡Honor al Dios de pródiga clemencia
Que siempre grande en su bondad fecunda
Hizo nacer en mi gentil Valencia,
En días tristes de ansiedad profunda,
La rutilante estrella
Que con su luz resplandeciente y bella
Al universo de fulgor inunda.
¡Y honor también y duradera gloria
A la celosa Sociedad, que alienta
Con noble premio, en tan solemne día,
Al que en su canto enaltecer intenta
Al héroe insigne de la patria mía!...
¡Gloria, honor, alabanza
Al hijo de Valencia más querido!
Él es el protector esclarecido
En quien mi patria fía su esperanza;
Él fue en la tierra el ángel escogido
A quien debió Aragón paz y bonanza;
Él en el cielo antorcha refulgente
Del mundo guía, del cristiano encanto...,
¡Gloria por siempre al inmortal VICENTE
¡Honor al héroe! ¡Bendición al Santo!
Francisco Monforte