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Corona poética a San Vicente Ferrer 6




SONETO.


Por grande le aclamó la Europa entera,
Cual astro de virtud y de la ciencia,
Y honran pueblos y reyes su presencia
Rindiendo culto a su triunfal carrera.

La fe en la religión fue su bandera,
Un poema del bien fue su existencia,
Y al difundir de Dios la pura esencia
Fue de la humanidad digna lumbrera.

No borrarán los tiempos su memoria,
La página inmortal quedó ya escrita;
Su nombre, es el compendio de su gloria,
Cual obra de los siglos infinita.
Cuna le dio un vergel con noble anhelo,
Y goza ya su eternidad, el cielo.
Francisco de P. Gras





Ven a mi mente, espíritu divino,
Dame tu luz y tu celeste encanto,
Para espresar lo que mi pecho siente,
Y alzar mi voz, con religioso canto.
Quiero cantar las glorias de Vicente,
Honrar a San Vicente anhelo sólo:
¡Ojalá los acentos de mi lira
Pudieran resonar de polo a polo!
Mas es débil mi voz, no puede tanto;
Sólo sabré decir, Valencia, en este día,
Que al admirar tu luz y hermoso suelo,
Te llama con placer la patria mía.

¡Feliz Valencia! en cuyo rico seno,
Gracias derrama Dios omnipotente,
Y en ellas arrullaste al ángel bello
Que es hoy tu defensor, al gran Vicente.

¿Qué temes con su apoyo, pueblo mío?
¿No es él siempre el consuelo de tus males?,
¿No ves su brazo sosteniendo siempre,
El rigor de las iras celestiales?...

Tú lo recuerdas bien, Valencia amada,
Citando al rodar la colera del cielo,
Las naciones enteras devastando,
Triste cayó tambien en nuestro suelo.

Por doquiera que va, la tierra ofrece
Muerte y horror, desolación y espanto,
Donde imprime su huella aterradora,
No deja al hombre más que luto y llanto.

Nada se opone a su furor violento,
Las familias enteras arrebata,
Hiere lo mismo al niño, que al anciano,
Cuanto toca su mano, tanto mata.

Valencia llora azote tan terrible,
Su cielo puro le oscurece un velo,
Huyen las gentes a remotos climas,
Y hasta las aves se alejan de su suelo.

Agostadas las flores por la tierra,
Sus brillantes colores no lucieron,
Que el maléfico ambiente emponzoñado,
Su cáliz y corola destruyeron.
¡Bella ciudad! ¿qué fue de tu alegría?
¿Quién al verte diría tu belleza?
La ha convertido la cólera divina
En vasto osario, mansión de la tristeza.

Cual aspectros sus hijos por las calles
Miran al cielo, y a Vicente aclaman,
¡Cuánto aviva la fe su dulce nombre!
¡Cuánto consuelo da a los que le llaman!!!
Llora el enfermo padre, al ver sus hijos
Que ya a dejar en la orfandad postrados.
¿Quién guiará sus corazones tiernos?
¿Quién velará por esos desgraciados?
Vicente sólo es su feliz consuelo,
Pues recuerda el asilo
Que el Santo acogió con fe tan grande,
A éstos que fueron prendas de su amor.
Llora la viuda, al par de joven madre,
En cuyo seno el hijo sonreía,
De él le arranca la muerte inexorable
Y cubre tanto amor la losa fría.

Otro hijo de nuevo le amenaza
Arrebatar la parca en su inclemencia,
Acude al arte, apura sus recursos,
Y vencida se ve la pobre ciencia
¿Quién consuelo dará a esta desgraciada?
¿Qué socorro dará a su hijo amado?
Acude al manantial de San Vicente
Y por la fe, su hijo ve salvado.

¡Eterna gratitud a San Vicente!
¡Eterna gratitud a sus favores!
Corramos a sus plantas, valencianos,
Llevando de la paz las ricas flores
¡Oh! si correr pudiéramos el velo
Que impide ver a Dios omnipotente
Junto al escelso trono soberano,
Radiando gloria veriáis a Vicente.

Él comprende muy bien los corazones,
Y en ellos vierte su cariño tierno,
Y vela desde allí sobre nosotros,
Y ofrece nuestras preces al Eterno.
¡Honor al sacro Apóstol valenciano!
Oiga el orbe su nombre en este día,
Y gentes y naciones venideras
Lo repitan con júbilo a porfía
En su amor, nos mecieron nuestros padres;
En él nuestra esperanza conocemos,
Y a nuestros caros hijos por herencia
Esa piedad y fe les legaremos.

Vicenta Palavicino de Correa.

Corona poética a San Vicente Ferrer 5


TRADUCCIÓN.

¡Dóciles niños! ¡jóvenes doncellas!
Día tan fausto celebrad alegres;
Lleguen al cielo vuestros sacros himnos,
¡Vírgenes puras!

No a ti, Valencia, referir es dado
Cuán fiel Patrono por el cielo electo
Tienes, ni el orbe numerar pudiera
Tantos portentos.

¿Quién, que privado de la luz se aflige?
¿Quién, que lamenta males, que padece
No halla el remedio, que su mano otorga
Pródiga siempre?

Honra del suelo, que fecunda el Turia,
Arbitro fuiste de los grandes reyes;
Tal te ostentaste, cuando al pueblo diste
Ínclito gefe.

Tú la primera piedra colocaste
Del que franquea, monumento vasto,
A la estudiosa juventud su puerta,
Bajo tu auspicio.

Tú, cual el astro refulgente, claro,
Rayos de ciencia derramaste, sienten
Hoy tus patricios de tu númen santo
Vívida llama.

Tú la semilla de virtud austera
Siembras en pueblos entre sí distantes;
Subes al trono del Excelso, y premia
Méritos tantos.

Llega con paso silencioso el cuarto
Siglo, y el pueblo por la fe movido
Himnos entona de alabanza, y canta

Gloria a Vicente.

Jacinto Asenjo.

AL SEÑOR D. JOSÉ ESCRIVÁ,
Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Valencia.
PALINODIA

¿Diga usted D. José? ¿qué significa
Ese vago rumor que el aire llena?
¿Esos carros triunfales
Que Valencia solicita fabrica,
Ese gozo que al público enagena,
Los suspiros que exhala generales,
Esos lienzos que animan los Apeles,
Esas piedras informes
Que algún Lisipo labra,
Qué nos dan a entender? Vaya, decidme,
Pues por mi parte aseguraros puedo
Que de tan grande enredo
No comprendo siquiera una palabra

-¿De veras, Rafael? -Como lo digo.
-¡Pues es una ignorancia delincuente!
¿No sabe usted amigo,
Que esa turba gozosa y delirante
Que se rebulle y grita
y a millones se agita,
Se dispone a millares
Veloz y diligente
A celebrar las fiestas seculares
De nuestro gran patrono San Vicente?

-¡Pues tiene usted razón, he sido un necio!
Y de marca mayor, de gran calibre.
¿Usté es hijo del Cid? -De tal me precio.
-¿Sabe usted que es un cargo de conciencia
Que un hijo de Valencia
Al tratar de su joya más brillante
En su pecho no sienta el entusiasmo?

- Ciertamente que sí. -¡Pues sí es pasmo
Indiferencia tal! -Pero no obstante,
Para borrar tan censurable olvido,
Para estinguirlo de cualquiera modo
Exija usted de mí, me allano a todo.

Una palabra sola y por encanto
Verá usté honrar y enaltecer al Santo.
Poco valgo, señor, nada merezco,
Mas cuanto valgo y cuanto soy ofrezco

-No esperaba yo menos; y pues justo
Ese júbilo encuentra,
Yo me atrevo a esperar que por su parte
Sabrá contribuir. -Con mucho gusto.

¿Hay que avisar que pongan luminarias,
Repartir por las calles papeluchos,
Gacetas espender estraordinarias?
Hable usted, hable usted, pues lo prevengo
Que como soy poeta... vamos tengo
Dineros pocos, más deseos muchos

-No se trata de gastos, ni quería
Su servicio aceptará tanta costa
No señor; más quisiera
Que para el día veinte me escribiera
Alguna cosa en verso. -Por la posta
¡vaya pues, si es la cosa más sencilla!
Le escribiré un poema a San Vicente
Y la historia también... precisamente
Ha mencionado usted mi comidilla.

¡Allí es nada mi musa! En poco tiempo
He escrito dos tragedias,
Un drama aterrador, patibulario,
Veinticinco sonetos, seis comedias
Muy graciosas, muy bellas, muy bonitas
Un romance a las ánimas benditas
Un sainete feroz y un calendario,
Sin contar una serie de entremeses
Originales todos muy estraños.

Más coplitas he ascrito en cinco meses
Que usted podrá leer en muchos años.
-¿Hombre tan fácil es? ¡No es alabarme,
Pero tengo talento.
Dígnese usted escucharme.
Hubo un tiempo feliz en que mi estrella
A rango me elevó de oficinista;
Para mi mente ociosa
Pudiera jamás hacer mejor cosa.

Yo que había adquirido la conciencia
De que no necesitaba
Más luces mi brillante inteligencia
La gaceta leía
Sendos puros fumaba Sin despachar jamás un espediente
Ni poner un estrado; pero un día
Porque no trabajaba
Me dijeron, señor, que no servía.

¡Despotismo mayor! Y en un instante,
Firmo un ministro y me dejó cesante.
¡Ya ve usted qué conducta más estraña!
Cuando el no trabajar ha sido siempre
Una acción meritoria aquí en España.

Después de este preludio
No pudiendo ya ser oficinista
Consagréme al estudio,
De sanguijuela me elevé a jurista.
Y me hablaron de códigos, de leyes,
De ventas, de retractos,
De dotes, gananciales, patrimonios
De dominios, de pactos
Y hasta ¡líbreme Dios! de matrimonios.

Es verdad que al tratado de consorcios
Siguió inmediatamente el de divorcios.
Pero cá, ni por esas; me aburría
Un estudio tan árido, ya entonces,
La luz del genio en mi cabeza ardía
El claustro de Valencia a quien venero
La paciencia que tengo me probaba
Con «estudie usted a Heinecio, lea usted a Cayo
Útil ciencia adquirir podrá en Febrero»
Pero yo no estudiaba ni aun en Mayo.

Porque vamos a cuentas, ¿qué le pasa
Al que examina con afán las leyes
De Najera, de Toro y de Montalbo?
¿Qué llega a conseguir? quedarse calvo
Y la ausencia del pelo
Será una desazón, será una pena
Digo será, porque benigno el cielo
La lección me enseñó en cabeza agena.

Cansado y aburrido
De una ciencia tan árida y penosa
También la descuidé, que no ha nacido
Mi talento, señor, para la prosa.
A impulso de una llama que secreta
En mi mente vivísima brillaba,
De este mundo partí, me hice poeta
Y en alas de mi ardiente fantasía
Raudo crucé por la región vacía.

Del cerro de Helicona hallé atrevido
La inaccesible escarpa,
Y alumno de Minerva protegido,
En un año a lo más he recorrido
El Parnaso español tocando el arpa
Esta mi historia es: digo y completa

¿Cree usted que me falta alguna cosa
Para aspirar al nombre de poeta?
Ni las artes jamás he saludado
Ni un compendio de ciencias he leído
De todo el que estudiaba me he burlado
De todo el que aprendía me he reído.
Ya ve usted que esto sólo,
Me parece que basta y aún que sobra
Para ser buen discípulo de Apolo

Y esto no tiene duda, una gran parte
De los que egercen tan difícil arte
En este siglo, y pasan por muy buenos,
Han hecho lo que yo, ni más ni menos.
¡Con que versos a mí! Los que usted quiera
Aunque debo advertirle que yo sólo
Abastecer podré a Valencia entera
-Pues cuento con usted -Como me asista
El coro de las nueve... Hasta otro rato.

-Que usted lo pase bien, hasta la vista.
Después de este diálogo,
Marché con rapidez hacia mi casa,
Escribí en un papel algunas notas,
Pero al coger para pulsar la lira,
La hallé sin cuerdas, las clavijas rotas.
En este compromiso,
Me pareció preciso
Recurrir al favor del Numen Santo
Que nuestra mente inspira,
Y con fecha del día diez y siete
Le pedí inspiración en un billete.

El día veinte y uno se apagaba
El veinte y dos nacía
Siete hacia lo menos que esperaba,
Y aunque la urgencia aquella me apuraba
El billete de Apolo no venía
Parecióme el silencio un mal augurio,
Y sin más dilaciones
Le escribí cuatro letras a Mercurio,
Con quien tengo bastantes relaciones.

Llegó por fin el día veinte y cinco,
Ya el sol por el ocaso
Iba en busca del día venidero
Cuando la aldaba agitan de mi puerta.
-¿Quién?-Abra usted, soy el cartero,
-¿De Aragón? ¿De Castilla? -Del Parnaso
Antes de concluir ya estaba abierta

Sentí en el alma lo que siente el náufrago
Al divisar el suspirado puerto:
Pagué una carta que decía urgente,
Y jamás ¡ay de mí! la hubiera abierto;
El tenor de la carta era el siguiente
«La tuya he recibido por desgracia,
Y te hablo con franqueza, no creía.
Que cupiera en tu mente tal audacia,
¿Con que tienes valor para llamarte
Alumno de la bella poesía
Vete con esa música a otra parte.

¿Imaginas acaso
Que no hay más que escribir cuatro coplitas,
Para tomar asiento en el Parnaso?
Si no estudiaste, ni aprendiste nada
¿Por qué, osado te atreves
A emprender tan temprano esta jornada?
Si no alumbran los rayos de mi frente
Tu fría inteligencia;
Si oscureció tu mente
Al mirar la alborada de la ciencia
Nacer brillante en el rosado Oriente;
¿Por qué tu audaz razón, necia imagina
Que ha de sentir mi inspiración divina?

Pensamiento tan necio,
Merece mi favor... no, mi desprecio.

Ambiciosa manada de ignorantes
Que de sano juicio estáis a oscuras,
Miserables vencejos
Que vais en pos de tropos y figuras
Como quien anda a caza de conejos
Pedantes que ni amparo
Ni protejo, ni inspiro,
Venales, envidiosos,
Que con tanto descaro
Escribís esos versos tenebrosos
Con tanta interjeción, tanto suspiro.

Que no sabéis salir del diccionario
Por los malos poetas esprimido,
De auras fugaces, perfumadas flores,
Brisas, matices, arroyuelos mansos,
Follages verdes y profundos piélagos,
No os llaméis cisnes porque sois muy gansos
Ni alegres ruiseñores, sois murciélagos
Ni poetas seréis, ni lo habéis sido,
Ni hay uno ¡vive Dios! que lo sospeche;
No vengáis por laurel, de lo contrario
De uno mustio que tengo recogido
He de hacer con vosotros escabeche.

Dejadme en paz y delirad felices,
Y sabed que si alguno se propasa
A venir a las puertas de mi casa
Le daré con la puerta en las narices.
Y tú, más que los otros fastidioso,
(Esto que viene ahora va conmigo)
Coplero parlanchín y revoltoso,
Que mi cólera enciendes
De todo hablando, aunque de nada entiendes
Que así me ultrajas,
Que con toda tu ardiente fantasía,
Ni aun debes escribir para esas cajas
De Pascasio, Lizarbe y Compañía;
Que para no estudiar una palabra
Te pusiste a escribir, no eres poeta.

En tu audacia notoria
Pensarás acercarte hacia mi gloria,
Pero no pasarás de la Glorieta:
Rompe, pues, esa lira desacorde,
Apártala de ti, cese tu canto;
¡No es digno su chirrido impertinente
Del ilustre Vicente
Lumbrera de la fe y Apóstol Santo:
Ingenios tiene Edeta peregrinos,
Que con la ayuda mía
Cantarán sus virtudes,
Lanzando de sus célicos laúdes
Raudales de armonía.

Hombres hay eminentes,
Talentos que yo inspiro, colosales;
Mis manos celestiales
Sabrán ceñir sus inspiradas frentes
De rosas inmortales;
Y si acaso la tuya
Aspira a merecer honra tan alta,
El camino hallará en la huella suya.
Fatiga con estudios tu memoria
Ilustra tu apagada inteligencia,
Porque, sólo las llaves de la ciencia
Facilitan las, puertas de la glorieta:
Esto Apolo me ha dicho, yo quisiera
Escribir; mas no puedo:
Crea usted que lo haría si pudiera;
Como soy de ese Dios muy buen vasallo,
Ato mi lengua, y enmudezco y callo:
Mi vista aparto del celeste templo,
Y a sus deidades plegue
Que muchos sigan mi laudable egemplo.

Rafael María Liern.

Corona poética a San Vicente Ferrer 4



ODA.

Mirad tras largo siglo cuál despunta
El sol hermoso que mi patria espera.
¡Ya resplandece el suspirado día!
Mirad cómo palpita de alegría
La hija noble del Cid, y se engalana
Cual virgen que a los brazos del esposo
Ya inocente y ufana.
De rosa y de laurel y luz ceñida
Su mirada de amor levanta al cielo
Ese sol que lo inflama refulgente
Vuela a decir al estendido mundo
El claro nombre de su gran VICENTE

Por eso en la región del vago viento
El címbalo sonoro
Lanza su grande voz; hierve en las plazas
Clamorosas el pueblo; álzanse altares;
Y al festivo ondear de blanco lino
En prez insigne del VARÓN divino
Resuenan por doquier ledos cantares.

Cantemos: lo que el mundo llama gloria
Relámpago veloz relumbra y ciega
O rayo abrasador truena y devora.

Brilló, tronó, despareció..., ¿dó es ido
Su esplendor o poder? Fue, y ha pasado
Pero bella en su trono inmaculado
Hija del cielo la virtud divina,
Aunque reina ultrajada de la tierra
Eterna la fecunda y la ilumina

¡Oh gran VICENTE! ¡oh patria! ¡oh venturosa
Entre todos los pueblos que el sol mira,
Y con sus largos brazos el mar cierra!
Tú halagada del cielo y la fortuna,
Tú del mundo encantado paraíso
Tú de un FRAILE inmortal egregia cuna.

Mas ¡ay! ¿por qué improviso
Me tiembla el corazón, la lira estalla,
Y se agolpa a mis ojos lloro ardiente?
¿Será ilusión de la agitada mente?
¿Ilusión? ¡ah! no, no, que Dios me inspira.

Callad los que reináis sobre la lira
No digáis que ese sol luce hoy más puro,
Que más suave el céfiro suspira,
Que en medio de vergel de gayas flores
Con su gracia gentil se alza riendo
Valencia entre apacibles resplandores...

¡Ay tristes! que la luz se va estinguiendo
Y llegan ya la noche y sus horrores,
Y en arenal. que moribundo alumbra
El rayo de una luna macilenta,
Mi infeliz patria en dolorosa angustia
A mis pasmados ojos se presenta.

Aun en la sien ostenta
Su corona de flores, más ¡ya mustia!
Aun el manto que el oro ha recamado
Ciñe... pero ¡miradlo! está rasgado
Y tinto en fango vil... ¡oh patria mía!
¡Ay! ¿por qué en temblorosa
Agonía te agitas cual esposa,
Que esposo inesperado, en su alegría
Adúltera sorprende; y desolada
Lanzas grande alarido, cual si atroces
Vinieran sobre ti peste y espada?

Vienen... tiembla... El bramido
¿No escuchas ya de tempestad vecina
Que al mundo anuncia funeral estrago?
De Jaime de Aragón cruza indignada
La adusta sombra por el aire vago:
Grita que se ha encendido
La cólera de Dios... a inmensa altura
Me eleva el númen, y a mis pies la tierra
Miro, y rasgado el velo
Contempla el porvenir un ojo humano.

¡Guay de ti, juay de ti, del océano
Reina altiva y cruel, Tiro avarienta,
En quien hasta el honor es mercancía!
¡Guay de ti, guay de ti, Babel impía,
Que ser la hija de tu, Dios te afrenta,
Y sueñas en ser Dios, de un hombre esclava!
¡Ay de ti, España, que el Señor te amaba,
Y ora estás sumergida
En letargo profundo

Gloria del mundo ayer, risa hoy del mundo!
¡Ay Europa de ti!... desde su trono
Fulgurante en la cúspide del cielo,
Dios inclinó su frente
Y retembló la inmensidad... Al punto
Un ángel, que fue hombre, los espacios
Cruza como relámpago, de gloria
Dejándolos y de su lumbre llenos

Él habla, y siete truenos
Hablan con él: «Temed a Dios potente
Temed y honrad a Dios» ¿qué dice el mundo?
¡Ay!.. ¿qué ha dicho? el infierno se ha alegrado,
Satán a concitado a sus gigantes
La noche por la tierra se derrama
¡Horror y confusión! a hierro y llama

Se alzan luchando gentes contra gentes,
Cual dos mares furentes
Que se arrojasen a chocar, sus olas
Rompiéndose, y revueltas, y bramando,
Aquí el fuego devora, centellando
La espada hiere allá..., ¡Cielos! ¿qué veo?

¿Quién es, quién ese monstruo
Gigantesco y feroz, inmundo y feo?
Desnudo va; en su frente una corona
Sangre y lujuria su mirada empañan,
Hacha que blande, su furor pregona
Hambre y peste sus pasos acompañan.

Ya a hacer trizas los tronos de la tierra
Ya a asolar los altares del Eterno
Y en perpetua discordia y cruda guerra
Va a dar al mundo el caos y el infierno.

A la tierra inclinados desde el cielo
Los ángeles de Dios la miran tristes
Y sobre ella asolada
Y sangrienta y convulsa en su agonía,
Resuena de Satán la carcajada...

Dios santo, que este mundo tan hermoso
Con agua, planta, y flor enriqueciste,
Y con fulgente sol iluminaste;
Tú que al hombre a tu imagen bueno hiciste
Tú que rey de la tierra le llamaste
Tú que por darle el cielo, a tu hijo diste,
¡Salva al mundo y al hombre a quien criaste!

¡Ángeles, que al sonar de liras de oro
Cantáis su nombre santo
En día eterno, en incesable coro,
Por nosotros rogad! Los que en el mundo
De sus pompas humildes triunfadores
Amasteis y sufristeis, y en el cielo
Ya de luz que no muere, estáis ceñidos,
¡Volved los ojos al oscuro suelo,
Somos vuestros hermanos! Y tú, PADRE
De tu dulce Valencia ya olvidado
¿Nos has desamparado?

¿Pues no naciste aquí? ¿Pues no vivías
Entre nosotros, y en virtud y en gracia
Ante los hombres y ante Dios crecías?

El aire que respiro, respirabas;
La tierra que yo piso, tú pisabas;
Esta es Valencia ¿ves? hoy sus dolores
Por festejarte la infeliz esconde,
Y orna si, frente pálida de flores...

Y te llama, y su Hijo no responde;
Le llama en su agonía
Y el se está allá en el cielo... ¡ay! ¡el ingrato!...
Mas ¿qué dije? ¡gran Dios! ¡perdón! perdona
Pero ven: salva a España, salva al mundo.

Tú pasaste por él, y lo alumbraste;
Diste a los pueblos paz, a un rey corona;
En nombre del Señor al mundo hablaste,
Y el oprimido levantó su frente,
E hincaron su rodilla los tiranos,
Y todos ante un Dios justo y clemente
Se sintieron felices, siendo hermanos.

Ven, pues, y no te tardes que el siniestro
Día de horror y luto se avecina;
Mira que ante tu Dios, ante el Dios nuestro
Por siempre reprobada.
España no ha de Ser..., y ¿dó su rayo
Lanzaría de Dios la diestra airada
En esta hermosa tierra, que amó el cielo,
Tierra de Recaredo y de Pelayo,
Toda en sangre de mártires bañada?

¡Ah! no será: tras tempestad sombría
El iris lucirá de la alianza,
Que Dios, si es justo juez, es padre bueno.

¿No visteis estallando
Ronca tormenta en desgarrado trueno?
Rudo granizo arroja y rayo ardiente
Y mares de agua, y brama el suelo tiembla,
Y estremécese pálida la gente.

Mas sobre el nubarrón, que envuelve horrible
Con su medrosa oscuridad el suelo,
Un cielo hay claro, y bello, y apacible,
Y un espléndido sol en ese cielo.

Y Dios da la señal, y en prestas alas
Los céfiros sonando
Lanzan la oscura nube... y centellea
Reapareciendo el sol, y canta el ave,
Y se anima la tierra y se hermosea
A su dulce calor y luz suave.

Así será; tras tempestad sombría
El iris lucirá de la alianza;
Ya la tierna piedad tras la ira impía,
Y al dolor acompaña la esperanza.
A la justicia de su Dios atento,

Mi fatídico númen
Miró del mundo el funeral estrago
Olvidé que era padre; ¡es nuestro padre
El que es rey de los siglos!... Mas ¿me engaña
Sueño feliz de burlador deseo?

Venid presto, corred, cercadme todos,
Decidme, si es que veis lo que yo veo.

Veo un ángel hermoso
En la radiante esfera
Con grandes alas de oro aparecido;
Y es triste, pero tierna su mirada,
Y está sobre Valencia suspendido,
Y leo en torno de su noble frente
Que ciñen rayos de esplendor sereno:
Temed y honrad a Dios que es grande y bueno.

¡Ah-padre! ¡oh gloria nuestra! ¡oh gran VICENTE!
¡Cuánto has tardado, padre! Al fin te vemos...,
Aún nos amas... tus hijos
Te aman también... enjuga, pues, su llanto
Y a sus males prolijos
Pon ya fin; ¡nuestro héroe! ¡nuestro SANTO!
Habla... tu voz nos mande;
Habla ¿qué quieres, di?... ¿lo habéis oído?
Temed y honrad a Dios que es bueno y grande.

ANTONIO APARISI Y GUIJARRO

Corona poética a San Vicente Ferrer


Corona poética a San Vicente Ferrer, en el siglo IV de su canonización, al escritor Fénix del siglo III (29) y a quienes le visitaron en el V.



Aunque dirigida al Fénix del siglo IV, después de cien años llega a nuestras manos la ingeniosa carta de Vmd., entre cuyas líneas bien podemos decir que la urbanidad va con el sombrero en la mano, haciendo cortesías a todos. Por supuesto, al leer el libro de Vmd., experimentamos un sentimiento indefinible, una mezcla de tristeza y alegría. De tristeza, porque pensamos vívidamente en nuestro interior a qué miserable velocidad pasan los hombres sobre la tierra... ¿Y qué decir del señor intendente, de quien tanto se habla? ¿Y del justicia mayor y los magníficos jurados, a quienes tanto aprecia? ¿Y de los poetas, cuyos versos transcribe? ¿Y de las hermosas mujeres, que pisaron con sus pequeños pies las calles arenosas de esta ciudad? Todo se fue, brilló y desapareció en poco tiempo, como la flor de un día o la sombra de una noche. Y no solo damas y caballeros, poetas y jurados, sino hombres ilustrados que llenaron el mundo con su gloria y celebraron instituciones que parecían perpetuas a los ojos de los hombres. El mundo dio un paso adelante y todo, instituciones y hombres, entró en las regiones de la muerte y el olvido. Pero a esta tristeza, que despierta en el alma la lectura del libro de Vmd., se mezcla un vívido sentimiento de alegría inefable; porque en estos días, así como en los mismos días del año 1755, Valencia se conmueve, se regocija y se adorna para celebrar al mayor de sus hijos, a quien el mundo habría dado el nombre de héroe, si la Iglesia no le hubiera dado el hermoso nombre de santo.

El mundo, es cierto, ha cambiado; pero la fe que lo ilumina, la esperanza que lo anima y la caridad que lo hace fructífero aún perduran.
El convento ha desaparecido, pero el fraile inmortal sigue entre nosotros...

Además, nos pareció singular su idea de escribir a los que estaban a punto de nacer; pero puede parecer aún más extraño que quienes vivimos hoy respondamos a una persona muerta. Lo hemos hecho, al menos para que el mundo sepa que escuchamos con respeto y agrado una voz que nos ha llegado a través de un siglo, ensalzando las glorias de Vicente Ferrer.

Su ejemplo era para ser imitado y seguido; y por eso, ocho valencianos, ocho amigos, hemos decidido tejer con las modestas flores de nuestro ingenio una humilde corona, que nos atrevemos a depositar con respetuosa timidez a los pies del Gran Santo.

La formamos solos, no porque desdeñáramos la ayuda de otros poetas que valen más que nosotros, sino porque no creíamos tener suficiente autoridad para invitarlos a trabajar en nuestra compañía; además de saber que los preciosos frutos de su musa verían la luz pública después de los días de las fiestas seculares, y nos impulsaba un vehemente deseo de dar ya en la primera de ellas un solemne testimonio de amor y veneración al Apóstol del siglo XIV. Con esto (confesamos ingenuamente) nos halagaba la idea de consagrar de cierta manera una amistad íntima y probada, reuniendo nuestros versos bajo la protección del tan ilustrado Mecenas; y aún esperamos, no por su valor, que el ingenio sea escaso, sino por la grandeza de aquel a quien van dirigidos, que, superando la corriente de los arios, llegarán al siglo próximo, y nosotros, los ocho valencianos, los ocho amigos, podamos presentarnos de la mano ante vosotros, ¡oh poetas! Que en 1955 veréis brillar de nuevo en el horizonte el sol de las fiestas seculares.

Como nos habló el Fénix del siglo III, nosotros, poetas oscuros, también queremos hablarles. Pero ¿qué podemos decirles? Aquel llenó su carta de agradables nimiedades: bueno, una carta como esta, escrita en los buenos tiempos del Rey de la Paz, del buen D. Fernando VI, ¡habla por sí sola! Pero vivimos en un mundo que aún se estremece con el estruendoso retumbar del trueno, y en días en que la humanidad se conmueve con el gran ruido de las tormentas que la amenazan.

Un hombre llamado Proudhon recorre hoy las calles de París; y otro hombre, cuyo nombre es Alejandro, se sienta en el trono de todas las Rusias. Su padre Nicolás lanzó las águilas moscovitas hacia los minaretes de Constantinopla, y una batalla de gigantes ha comenzado al pie de las murallas de Sebastopol. La Europa de hoy

no es 1755: ¿qué será en el mismo año del siglo XX? Dios lo sabe, a quien nada se le oculta, ni presente ni futuro.

Nosotros, sin embargo, aunque no todos profesamos las mismas opiniones en política, nos atrevemos a decirles que, cualesquiera que sean las alteraciones que la sociedad experimente en su forma e incluso en su esencia; cualquier progreso en las ciencias y las artes; incluso si inician prodigios con vapor y milagros con electricidad, nunca olviden que la existencia del hombre en la tierra es triste y fugaz; que todo vive un instante, excepto Dios, quien es quien es, y reina a través de los siglos; que todo es miserable y atrofiado, con la excepción de los hombres que, animados por el espíritu de Dios, van por el mundo haciendo el bien; excepto las instituciones que, vivificadas por su aliento divino, son las únicas que pueden ofrecer paz, justicia y libertad a los hombres.

A Dios, amigos y compatriotas. Cien años después, esta carta les llegará; oren por el alma de quienes la escribieron. Y sepan que, viviendo en tiempos oscuros y turbulentos, anhelan de corazón días serenos y pacíficos, y ruegan a Dios que los ilumine. Misericordia para los hombres, para que finalmente puedan vivir como hermanos en la tierra santificada por la misma fe, así como está iluminada por el mismo sol.

Valencia, 29 de junio de 1855.

ODA

Nunca de Dios la bondadosa mano
Pródiga siempre de celestes dones,
Castiga airada el proceder liviano
De un pueblo que ha escogido,
Sin que su amor con paternal dulzura
Mitigue la amargura
Del mismo pueblo en el dolor sumido

Nunca al tronar con magestad severa
Su justa indignación, cierra el oído
A la plegaria que con fe sincera
Le eleva el justo que piedad implora;
Pues retira su diestra vengadora,
Y trocando en perdón dura sentencia,
Del suelo mismo que agostó su rayo
Hace brotar con próbida clemencia
La planta bienhechora,
Bálsamo al triste que apenado llora.

¿Oís acaso en tempestad deshecha
Roncos bramar los desatados vientos
Que el mundo en sus cimientos
Parecen conmover? ¿Veis cuál se apiña,
De pardas nubes escuadrón tremendo,
Que arrojan con estruendo
El granito fatal a la campiña,
El rayo asolador que ardiente estalla,
Y el diluvio que hinchando los torrentes
Romper les hace la potente valla?
No desesperancéis: cobrad aliento:
Tras de esa nube que la muerte lanza,
Brilla tranquilo ya en el firmamento
El iris precursor de la bonanza.

¿Veis levantarse con feroz bravura
Pueblos hermanos, que el terrible acero
Revuelven contra sí, y en su locura
El noble pecho de la madre patria
Destrozan sin piedad? ¿Juzgáis acaso,
Al ver que por doquiera
Asaltan del poder los escalones
Bastardas ambiciones,
Que a través de las ruinas se abren paso,
Que no brillará el día
En que la paz levante
Con justo orgullo su pendón triunfante?
¡Oh! creed y esperad. Dios con su dedo
Señala diques a la mar bravía,
Y hoy es tranquilo lago
El que ayer con estrago
Pronto a tragar la tierra parecía.

¡Cuántas veces mi patria idolatrada,
Al borde ya de tenebroso abismo,
Alzó su faz de nuevo coronada
Radiante de poder y de heroísmo!..
. Si el árabe feroz con arrogancia,
Al eco ronco del clarín de Marte,
Pasea su estandarte
De la opulenta Cádiz hasta Francia,
Pelayo con intrépida osadía
Pregonará la bélica cruzada
Que nace en Covadonga,
Y heroica siete siglos se prolonga
Para acabar en la imperial Granada.

Si Mahomad ambicioso,
Fiero el poder del África concita,
Y sus terribles hordas
A los iberos campos precipita,
Las Navas os dirán eternamente
El noble esfuerzo con que Alonso octavo,
Gefe de un pueblo generoso y bravo,
Sabe de lauros coronar su frente.

Si Aragón empeñado
En intestina y desastrosa lucha
Su robusto poder ve derribado;
Si pisadas las leyes,
Mira la patria en hórrida tristeza
Huérfano el trono de preclaros Reyes,
Y alzando la cabeza
Negra ambición en popular bullicio
Que huella la virtud y ensalza el vicio,
Volved la vista al apacible Turia,
Y admiraréis en mi Valencia bella
Al héroe insigne, al orador, al Santo,
Objeto ilustre de mi pobre canto.

Al incansable apóstol
Cuya potente voz robusta truena,
Y del vicio descubre
La repugnante faz de manchas llena:
Al varón eminente,
De caridad modelo,
Que vuela ardiendo de cristiano celo
A socorrer la humanidad doliente...,
Veréis, en. fin, al inmortal VICENTE,
Astro brillante de virtud y ciencia,
Que en los altares la piedad coloca,
Al que Valencia por Patrono invoca,
Al que por siempre ennobleció a Valencia.

¿Quién no siente su pecho
Latir ufano, recordando el nombre,
Del compatricio egregio, en cuya vida
No hay acto que no admire, que no asombre...!
¿Gime apenada en mísero abandono
Desvalida niñez?... VICENTE corre:
VICENTE al niño en su orfandad socorre;
Y ese imperial Colegio, en cuyos muros
Cual tierna planta crece
Y en la virtud florece,
A los siglos futuros
Dirá por siempre el nombre venerado
Del ínclito varón que lo ha fundado.

Si débil joven con amargo lloro
Mira perdido su mejor tesoro,
Y es hoy triste ludibrio
Del seductor perjuro
Que ayer la amó con entusiasmo impuro;
Si busca inútilmente
Donde pueda tranquilo
Latir su corazón, ved a VICENTE:
Su noble caridad le abre un asilo
Bajo sagrado y respetable techo,
Do en silencio profundo
Pueda encontrar su lastimado pecho
La paz ansiada que le niega el mundo.

Tan pronto en el retiro
De celda solitaria
Eleva a Dios su férvida plegaria,
Como en plaza anchurosa
Celoso misionero,
Oye su voz la multitud ansiosa.
Hoy, de los Reyes al consejo asiste,
Mañana le ve el pobre en su cabaña,
Ya vela al lado del enfermo triste,
Ya en cátedra elocuente asombra a España.

En todas partes su incansable celo
Al poderoso su deber predica,
Al pobre presta en el dolor consuelo,
La ciencia al joven con bondad esplica:
Y doquiera querido,
Es doquiera por todos bendecido,
Más que la vuelta del risueño Mayo
Que con sus flores el pensil adorna,
Más que el favor de suspirada lluvia
Que al seco prado su verdor, retorna,
Más que el alba serena
Tras negra noche de nublados llena.

Intrépido arrostrando la fatiga
El héroe generoso
Por sus hermanos su salud prodiga;
Que Dios le colocó sobre la tierra,
Cual bello sol que cuanto más se encumbra
Con más fulgor el universo alumbra.
Si Valencia le debe
Beneficios sin cuento,
El noble Reino de Aragón en breve,
Trocado en alegría el triste duelo,
Le deberá la paz hija del cielo.

La muerte despiadada
Invadió en triste día
El coronado alcázar, y el monarca
Baja a la huesa fría,
Sin que la voz de un hijo
Endulce su agonía.
Vacío el regio trono,
Cien bandos a la vez con fiero encono
Levantan su bandera,
Y con la espada en la irritada mano
Y el odio ciego en el altivo pecho,
Vertiendo sangre con furor insano
Que triunfe intentan su dudoso drecho.

El de Urgel orgulloso
Su injusta causa a los combates fía;
Maquina en sorda intriga cauteloso
El Duque de Gandía;
El que ya de Castilla el solio ocupa,
Con bélica arrogancia.
Crecida hueste a la frontera agrupa,
Y hasta Sicilia y la vecina Francia,
Nueva corona a su ambición buscando,
Mueven ocultas sedicioso bando.

¡Guerra! es el grito que en los aires zumba:
Y a esta voz... que estremece
El pecho de las madres, se enrojece
La devastada tierra,
Y abre anchurosa tumba
A los que llenos de entusiasmo y vida,
Ayer volaban a la lid sangrienta
Osado el pecho y la cerviz erguida.
¡Guerra! y en cada villa, en cada aldea
Por atrevida rebelión alzado,
Un enemigo pabellón ondea.
¡Guerra! y en negro duelo
Gime el hispano suelo.

¿A do van esos fuertes caballeros?...
¿Qué anhelan esos bravos ciudadanos
Que empuñan los aceros
Y vienen a las manos
Cual tigres carniceros?
¿Qué maléfico genio les impele
A redoblar con saña
Los males de la patria harto prolijos?
¿No son hermanos? ¡Ay! ¡la triste España
A todos ellos les llamaba hijos!...

¡Desgraciados! tened: ¡basta de sangre!...
No con negro delito
Queráis manchar vuestros ilustres nombres:
La patria os llama con doliente grito:
Harto fuisteis valientes; sed ya hombres.
No más venganza fiera,
Dad treguas al rencor y oid prudentes
La augusta voz de la razón severa.
¡Ah! por fin la escucháis... Ya en Caspe miro
En consejo supremo congregados
Los jueces, de tres Reinos alta gloria:
Allí nobles señores y prelados,
Allí sabios doctores,
Allí en puesto eminente
Descuella la virtud; allí VICENTE.

VICENTE, Sí; miradle; en su semblante
La paz del justo brilla;
Sus limpios ojos la bondad revelan,
Su noble aspecto la virtud sencilla.
¿Le oís?... Se abren sus labios,
y a su voz elocuente
inclínanse los sabios
Los pechos que latían.
En rencorosa sed de atroz matanza
Laten ya de emoción, no de venganza
Y el cielo, antes oscuro,
Deja entrever tras las preñadas nubes
Su azul hermoso refulgente y puro.
Habla, y Europa absorta
Oye el solemne fallo
Que de Aragón las disensiones corta;
Habla, y el pueblo que en sangrienta lucha,
Cruel se despedaza,
Al enviado del Señor escucha,
Y el hierro suelta, y con ardor se abraza.

Habla VICENTE y la nación entera
Con entusiasmo aclama
Al ínclito FERNANDO DE ANTEQUERA.
VICENTE le proclama
Rey de tres Reinos de esplendente fama.
Su augusta sien, con la diadema adorna:
Y... al claustro luego torna
A ser de nuevo el religioso humilde
Que junto al lecho del enfermo vela,
Y al desvalido asiste,
Y el llanto enjuga y el dolor consuela.

¡Honor al noble apóstol,
Que cual ángel de Dios sobre la tierra
Trocó en grato placer hórrida angustia,
Y en blanda paz la desastrosa guerra!
¡Honor al Dios de pródiga clemencia
Que siempre grande en su bondad fecunda
Hizo nacer en mi gentil Valencia,
En días tristes de ansiedad profunda,
La rutilante estrella
Que con su luz resplandeciente y bella
Al universo de fulgor inunda.
¡Y honor también y duradera gloria
A la celosa Sociedad, que alienta
Con noble premio, en tan solemne día,
Al que en su canto enaltecer intenta
Al héroe insigne de la patria mía!...

¡Gloria, honor, alabanza
Al hijo de Valencia más querido!
Él es el protector esclarecido
En quien mi patria fía su esperanza;
Él fue en la tierra el ángel escogido
A quien debió Aragón paz y bonanza;
Él en el cielo antorcha refulgente
Del mundo guía, del cristiano encanto...,
¡Gloria por siempre al inmortal VICENTE
¡Honor al héroe! ¡Bendición al Santo!

Francisco Monforte

Corona poética a San Vicente Ferrer 3

Corona poética a San Vicente Ferrer, en el siglo IV de su canonización, al escritor Fénix del siglo III (29) y a quienes le visitaron en el V.


Aunque dirigida al Fénix del siglo IV, después de cien años llega a nuestras manos la ingeniosa carta de Vmd., entre cuyas líneas bien podemos decir que la urbanidad va con el sombrero en la mano, haciendo cortesías a todos. Claro que, al leer el libro de Vmd., experimentamos una sensación indefinible, una mezcla de tristeza y alegría. De tristeza, porque pensamos vívidamente en nuestro interior a qué miserable velocidad pasan los hombres sobre la tierra... ¿Y qué decir del señor intendente, de quien tanto se habla? ¿Y del justicia mayor y los magníficos jurados, a quienes tanto aprecia? ¿Y de los poetas, cuyos versos transcribe? ¿Y de las hermosas mujeres, que pisaron con sus pequeños pies las arenosas calles de esta ciudad? Todo se fue, brilló y desapareció en poco tiempo, como la flor de un día o la sombra de una noche.

 Y no solo damas y caballeros, poetas y jurados, sino hombres ilustrados que llenaron el mundo con su gloria y celebraron instituciones que parecían perpetuas a los ojos de los hombres. El mundo dio un paso adelante y todo, instituciones y hombres, entró en las regiones de la muerte y el olvido. Pero a esta tristeza, que despierta en el alma la lectura del libro de Vmd., se mezcla un vívido sentimiento de alegría inefable; porque en estos días, así como en los mismos días del año 1755, Valencia se conmueve, se regocija y se adorna para celebrar al mayor de sus hijos, a quien el mundo habría dado el nombre de héroe, si la Iglesia no le hubiera dado el hermoso nombre de santo.

El mundo, es cierto, ha cambiado; pero la fe que lo ilumina, la esperanza que lo anima y la caridad que lo fecunda aún perduran.
El convento ha desaparecido, pero el fraile inmortal sigue entre nosotros...
Por lo demás, nos pareció singular su idea de escribir a los que estaban a punto de nacer; pero puede parecer aún más extraño que quienes vivimos hoy respondamos a una persona muerta. Lo hemos hecho, al menos para que el mundo sepa que escuchamos con respeto y agrado una voz que nos ha llegado a través de un siglo, ensalzando las glorias de Vicente Ferrer.

Su ejemplo era para ser imitado y seguido; y por eso, ocho valencianos, ocho amigos, hemos decidido tejer con las modestas flores de nuestro ingenio una humilde corona, que nos atrevemos a depositar con respetuosa timidez a los pies del Gran Santo.

La formamos solos, no porque desdeñáramos la ayuda de otros poetas que valen más que nosotros, sino porque no creíamos tener suficiente autoridad para invitarlos a trabajar en nuestra compañía; además de saber que los preciosos frutos de su musa verían la luz pública después de los días de las fiestas seculares, y nos impulsaba un vehemente deseo de dar ya en el primero de ellos un solemne testimonio de amor y veneración al Apóstol del siglo XIV. Con esto (confesamos ingenuamente) nos halagaba la idea de consagrar de cierta manera una amistad íntima y probada, reuniendo nuestros versos bajo la protección del tan ilustrado Mecenas; y aún esperamos, no por su valor, que el ingenio sea escaso, sino por la grandeza de aquel a quien van dirigidos, que, superando la corriente de los arios, llegarán al próximo siglo, y nosotros, los ocho valencianos, los ocho amigos, podamos presentarnos de la mano ante vosotros, ¡oh poetas! Que en 1955 veréis brillar de nuevo en el horizonte el sol de las fiestas seculares.

Como nos habló el Fénix del siglo III, nosotros, poetas oscuros, también queremos hablarles. Pero ¿qué os podemos contar? Aquel llenó su carta de agradables nimiedades: bueno, una carta como esta, escrita en los buenos tiempos del Rey de la Paz, del buen D. Fernando VI, ¡habla por sí sola! Pero vivimos en un mundo que aún se estremece con el estruendoso retumbar del trueno, y en días en que la humanidad se conmueve con el gran ruido de las tormentas que la amenazan.

Un hombre llamado Proudhon recorre hoy las calles de París; y otro hombre, cuyo nombre es Alejandro, se sienta en el trono de todas las Rusias. Su padre Nicolás lanzó las águilas moscovitas hacia los minaretes de Constantinopla, y una batalla de gigantes ha comenzado al pie de las murallas de Sebastopol. La Europa de hoy no es 1755: ¿qué será en el mismo año del siglo XX? Dios lo sabe, a quien nada se le oculta, ni presente ni futuro.

Nosotros, sin embargo, aunque no todos profesamos las mismas opiniones en política, nos atrevemos a decirles que, cualesquiera que sean las alteraciones que la sociedad experimente en su forma e incluso en su esencia; cualquier progreso en las ciencias y las artes; incluso si inician prodigios con vapor y milagros con electricidad, nunca olviden que la existencia del hombre en la tierra es triste y fugaz; que todo vive un instante, excepto Dios, quien es quien es, y reina a través de los siglos; que todo es miserable y atrofiado, con la excepción de los hombres que, animados por el espíritu de Dios, van por el mundo haciendo el bien; excepto las instituciones que, vivificadas por su aliento divino, son las únicas que pueden ofrecer paz, justicia y libertad a los hombres.

A Dios, amigos y compatriotas. Cien años después, esta carta les llegará; oren por el alma de quienes la escribieron. Y sepan que, viviendo en tiempos oscuros y turbulentos, anhelan de corazón días serenos y pacíficos, y ruegan a Dios que los ilumine. Misericordia para los hombres, para que finalmente puedan vivir como hermanos en la tierra santificada por la misma fe, así como está iluminada por el mismo sol.

Valencia, 29 de junio de 1855.

SONETO.

Arroja Valencia al mar a la media luna;
felizmente gobiernan las venerables cortes;
fértil escuadrón de sabios y guerreros,
y de una ilustre e inmortal cuna fraile.

Él es humilde, y más grande que la fortuna,
intercambia feroces disturbios en fructífera paz,
abre una rica y venerable caridad,
y erige para el conocimiento de todos un aula oportuna.

Mi ardiente numen en sus glorias pongo.
Ves el sol entre hermosas luminarias...
Para tu digno aplauso no hay nombres.

La patria lo proclama hijo mejor;
la iglesia lo coloca en sus altares;
la humanidad entre sus grandes hombres


HIMNO

Salve, ¡oh patria! Tu canto plácido
Hasta que de Dios se eleve el trono:
Nuestros himnos alaban al santo,
De tus glorias la mayor gloria.

No de Marte los sangrientos triunfos
Hoy el acento ferviente proclama:
No de los sabios dilata la fama,
Que qué sombra ligera pasó.
Nuestro canto es el eco gozoso,
Que inmortal en los siglos resuena...
De Vicente la gloria lo llena,
Y el Eterno le dio su gloria.

Salve, ¡oh patria! Tu canto plácido
Hasta que de Dios se eleve el trono:
Nuestros himnos alaban al santo,
De tus glorias la mayor gloria.

Un ángel puro de clara esencia
Fue adornado por las gracias del cielo,
Y entre los aromas que exhalan su suelo,
Dulce patria su cuna meció.

Una bella estrella sin lánguida aurora,
Cuando nació deslumbrantemente brillante,
El Señor dio luz viva a su mente
E inundó radiante la esfera.

Salve, ¡oh patria! Tu canto plácido
Hasta que el trono se levante de Dios:
Nuestros himnos alaban al santo,
De tus glorias la mayor gloria.

Sí, con bárbara discordia,
lancé un ronco grito a España de guerra,
inspirado por sus labios a la tierra,
de paz del alma, la fortuna regresó.

Si la nave de Pedro vacila
ante la embestida del viento furioso,
el mundo inclina su piadoso frente
a quien saludó el santo de Edeta.

¡Salve, oh patria! Tu plácido canto
hasta que el trono se eleve de Dios:
Nuestros himnos alaban al santo,
de tus glorias la mayor gloria.

A su voz por el triste huérfano
De piedad brotaron los torrentes:
a su acento brillaron las glorias
Del conocimiento que mi patria se jactaba.

Nunciador de la ira celíaca,
Ángel fue de profundo misterio,
y aún sus ecos repiten al mundo
"Exaltad y temed al Señor".

¡Salve, oh patria! Tu plácido canto
hasta que el trono se eleve de Dios:
Nuestros himnos alaban al santo,
de tus glorias la mayor gloria.

Corona poética a San Vicente Ferrer 2

Corona poética a San Vicente Ferrer, en el siglo IV de su canonización, al escritor Fénix del siglo III (29) y a quienes le visitaron en el V.



Aunque dirigida al Fénix del siglo IV, después de cien años llega a nuestras manos la ingeniosa carta de Vmd., entre cuyas líneas bien podemos decir que la urbanidad va con el sombrero en la mano, haciendo cortesías a todos. Claro que, al leer el libro de Vmd., hemos experimentado un sentimiento indefinible, una mezcla de tristeza y alegría. De tristeza, porque pensamos vívidamente en nuestro interior a qué miserable velocidad pasan los hombres sobre la tierra... ¿Y qué decir del señor intendente, de quien tanto se habla? ¿Y del justicia mayor y los magníficos jurados, a quienes tanto aprecia? ¿Y de los poetas, cuyos versos transcribe? ¿Y de las hermosas mujeres, que pisaron con sus pequeños pies las calles arenosas de esta ciudad? Todo se fue, brilló y desapareció en poco tiempo, como la flor de un día o la sombra de una noche. Y no solo damas y caballeros, poetas y jurados, sino hombres ilustrados que llenaron el mundo con su gloria y celebraron instituciones que parecían perpetuas a los ojos de los hombres. El mundo dio un paso adelante y todo, instituciones y hombres, entró en las regiones de la muerte y el olvido. Pero a esta tristeza, que despierta en el alma la lectura del libro de Vmd., se mezcla un vívido sentimiento de alegría inefable; porque en estos días, así como en los mismos días del año 1755, Valencia se conmueve, se regocija y se adorna para celebrar al mayor de sus hijos, a quien el mundo habría dado el nombre de héroe, si la Iglesia no le hubiera dado el más hermoso de SANTO.

El mundo, es cierto, ha cambiado; pero la fe que lo ilumina, la esperanza que lo anima y la caridad que lo fecunda aún perduran.
El convento ha desaparecido, pero el fraile inmortal sigue entre nosotros...

Además, nos pareció singular su idea de escribir a los que estaban a punto de nacer; pero puede parecer aún más extraño que quienes vivimos hoy respondamos a una persona muerta. Lo hemos hecho, al menos para que el mundo sepa que escuchamos con respeto y agrado una voz que nos ha llegado a través de un siglo, ensalzando las glorias de Vicente Ferrer.

Su ejemplo era para ser imitado y seguido; y por eso, ocho valencianos, ocho amigos, hemos decidido tejer con las modestas flores de nuestro ingenio una humilde corona, que nos atrevemos a depositar con respetuosa timidez a los pies del Gran Santo.

La formamos solos, no porque desdeñáramos la ayuda de otros poetas que valen más que nosotros, sino porque no creíamos tener suficiente autoridad para invitarlos a trabajar en nuestra compañía; además de saber que los preciosos frutos de su musa verían la luz pública después de los días de las fiestas seculares, y nos impulsaba un vehemente deseo de dar ya en la primera de ellas un solemne testimonio de amor y veneración al Apóstol del siglo XIV. Con esto (confesamos ingenuamente) nos halagaba la idea de consagrar de cierta manera una amistad íntima y probada, reuniendo nuestros versos bajo la protección del tan ilustrado Mecenas; y aún esperamos, no por su valor, que el ingenio sea escaso, sino por la grandeza de aquel a quien van dirigidos, que, superando la corriente de los arios, llegarán al siglo próximo, y nosotros, los ocho valencianos, los ocho amigos, podamos presentarnos de la mano ante vosotros, ¡oh poetas! Que en 1955 veréis brillar de nuevo en el horizonte el sol de las fiestas seculares.

Como nos habló el Fénix del siglo III, nosotros, poetas oscuros, también queremos hablarles. Pero ¿qué podemos decirles? Aquel llenó su carta de agradables nimiedades: bueno, una carta como esta, escrita en los buenos tiempos del Rey de la Paz, del buen D. Fernando VI, ¡habla por sí sola! Pero vivimos en un mundo que aún se estremece con el estruendoso retumbar del trueno, y en días en que la humanidad se conmueve con el gran ruido de las tormentas que la amenazan.

Un hombre llamado Proudhon recorre hoy las calles de París; y otro hombre, cuyo nombre es Alejandro, se sienta en el trono de todas las Rusias. Su padre Nicolás lanzó las águilas moscovitas hacia los minaretes de Constantinopla, y una batalla de gigantes ha comenzado al pie de las murallas de Sebastopol. La Europa de hoy

no es 1755: ¿qué será en el mismo año del siglo XX? Dios lo sabe, a quien nada se le oculta, ni presente ni futuro.

Nosotros, sin embargo, aunque no todos profesamos las mismas opiniones en política, nos atrevemos a decirles que, cualesquiera que sean las alteraciones que la sociedad experimente en su forma e incluso en su esencia; cualquier progreso en las ciencias y las artes; incluso si inician prodigios con vapor y milagros con electricidad, nunca olviden que la existencia del hombre en la tierra es triste y fugaz; que todo vive un instante, excepto Dios, quien es quien es, y reina a través de los siglos; que todo es miserable y atrofiado, con la excepción de los hombres que, animados por el espíritu de Dios, van por el mundo haciendo el bien; excepto las instituciones que, vivificadas por su aliento divino, son las únicas que pueden ofrecer paz, justicia y libertad a los hombres.

A Dios, amigos y compatriotas. Cien años después, esta carta les llegará; oren por el alma de quienes la escribieron. Y sepan que, viviendo en tiempos oscuros y turbulentos, anhelan de corazón días serenos y pacíficos, y ruegan a Dios que los ilumine. Misericordia para los hombres, para que finalmente puedan vivir como hermanos en la tierra santificada por la misma fe, así como está iluminada por el mismo sol.

Valencia, 29 de junio de 1855.

PEDIMENTO


. La dos veces coronada
Leal ciudad de Valencia,
En sus penas y quebrantos
Ante vos ¡oh Santo! llega,
Diciendo, hincada de hinojos,
Y como mejor proceda:
Que su contrario el infierno
(Y lo es ya de larga fecha)
Tal proceso le ha formado
Ante la justicia eterna;
Que Dios, que es juez aunque padre,
Por corrección la condena
A sufrir estos azotes,
Entre otros mil que no cuenta.

-Una turba de pelones
Desarrapada y traviesa,
Que acaso engendró el diablo
Porque su egército fuera;
A bolsas, frutas, cristales,
Gavilán, langosta, piedra.

-Un enjambre de polluelos
Que iban ayer a la escuela,
Y hoy con el puro en la boca,
Gran lazo, lentes de rienda,
Anchos puños, cuello tieso,
Son, en calles y alamedas,
Risa de discretas-niñas,
Y encanto de tontas-viejas.

-Una plaga de elegantes
Sin corazón, con cabeza...
Pero vacía por dentro
Aunque adornada por fuera.

-Y de viejos archi-necios
Una escuálida caterva,
Que por ocultar al mundo
Canas y arrugas, emplean
Tiempo, que deben a Dios;
Dinero, que al pobre niegan

-Una legión de aprendices
Parnaso de nuestra era,
De la razón enemigos
Y verdugos de la lengua;
Hombres, en fin, que no sirven,
Para ministros siquiera

-En el sexo femenino
Centenares de coquetas;
Niñas tontas, no se diga;
Viejas locas, a docenas

-Mas letrados que espedientes;
Mas médicos que dolencias;
Empleados, una nube;
Cesantes, más que poetas;.
Boticas, en cada calle;
Modistas, en cada acera

Y para colmo de males
Con desatentada priesa,
El que tiene como quince
Quiere gastar como treinta:
Y cien bolsas se vacían
Para cuatro que se llenan...

Y es cada casa un infierno,
Y un embrollo cada cuenta.
En tanto, para mi alivio...
¡Para acabar mi paciencia!
Asusta negro el olvido
El oidium la vid apesta...

Y si la mies da esperanzas
El poniente se las lleva
Por lo demás, salud ¡mucha!!!
Sólo tercianas me diezman
Y al que su fiebre perdona
Le tiene baldado el reuma
Y coge el tiffus de firme
A quien el cólera deja.

Mas sobre el cólera y tiffus
Mayor desdicha me aqueja;
El político furor,
Que a mis hijos ensangrienta
Cual si de todos a un tiempo
No fuese ya madre tierna...

¡Ay! no dudo, aunque el decirlo
Cause dolor y vergüenza,
Que por mis muchos pecados
Merezco más ruda pena...,
Pero ¿de qué serviría
Tu patrocinio a Valencia,
Si en su favor, Santo mío,
Tu influjo no interpusieras?...

Mi hijo fuiste, sé mi padre,
Esta esperanza me alienta:
Y hoy que la cuarta centuria
De tu exaltación suprema,
Con público regocijo
Ricos y pobres celebran

SUPLÍCOTE, ¡oh gran VICENTE!
Que, compasivo a mis penas,
Me alcances de Dios indulto
Para tan dura sentencia.

Gracia, que sin costas pido,
Juro, y para ello etcétera.

En Mí: Junio, veinte y nueve Mil ochocientos cincuenta Y cinco
Yo el licenciado Gregorio Gisbert.
Valencia.