Tal vez algún día lo entenderá

Por Laura Aguilar Ramírez


Existió una vez un país hermoso. Era un país donde un rey y una reina, mantenían la concordia y la paz. Se amaban y amaban a sus súbditos.

Cualquiera que visitara ése país podía sentir la paz y el amor que reinaba ahí. Los árboles cargados de frutos a la vera del camino, permitían a los andantes refrescarse mientras gozaban de alguna fruta.
Un riachuelo corría alegremente entre los campos dorados del maíz y en los campos verdes donde el frijol crecía junto a la calabaza. A lo lejos, podía verse pastar tranquilamente a vacas y bueyes. Los balidos de las ovejas, chivos y cabras son como música a los oidos de los pastores quienes vigilan mientras ellos pastan.

Las mariposas revolotean entre los sembradíos de flores que alegran los campos.

Vivía cerca un ogro. Era un ogro de color negro, la gente dudaba si era porque ése era el color de su piel o por los años que llevaba sin bañarse. O tal vez sería por el sol que entraba por los agujeros de la choza en la que vivía.

La suciedad reinaba en el lugar. Había trastes sucios por todos lados y ropa tirada en el suelo, en la cama y por doquier. Ese ogro tenía mal carácter y nadie sabía porqué.

Mucha gente intentó acercarse a ayudarle, pero él se negaba a aceptar a nadie. Les gruñía murmullos ininteliglibles en cuanto veía que alguien intentaba pasar la cerca de su terreno. Terreno que por otra parte, estaba lleno de malas hierbas y de zacate seco que no había sido limpiado en años.

La gente lo soportaba porque sabía de su gran dolor. Todavía había personas que lo recordaban de otros tiempos, cuando la fortuna le sonreía. Era un hombre guapo, amable, lleno de ivda y desbordante de alegría. Su pequeño terreno se veía hermoseado por las flores que su esposa sembraba y que cuidaba con mucho amor. Nadamás pasar el cerco, se podía oler el perfume del jazmín y de la lavanda. La yerbabuena, el tomillo, el orégano sumaban sus olores en macetones que colgaban de las paredes cercanas a la cocina, donde su mujer cocinaba ricos platillos.

Ella estaba embarazada de su segundo hijo. El primero retozaba por todos lados, descomponiendo todo, mezclando todo, acarreando con ello las carcajadas de sus padres. Cuando finalmente llegó el momento del parto, su mujer empezó a dar muestras de que algo no andaba bien. La comadrona se veía preocupada, cuidaba de la mujer lo mejor que podía, pero no salían las cosas como se esperaban.

Nació una pequeña, después de mucho tiempo de labor. Era hermosa. Su madre la acarició mientras la vida se le escapaba. Había perdido mucha sangre y no había doctor cerca. Le sobrevinieron unas fiebres que la consumieron en pocos días.

Quedaron a cargo del padre, que se volvió taciturno. El padre se dedicó a trabajar, pero no cuidaba mucho de sus hijos, menos de la menor. Era un recordatorio viviente de lo que había perdido.

Así crecieron los niños, el mayorcito cuidaba de la chiquita cuando su tía no estaba. Pronto se hizo cargo totalmente de la casa y de su hermanita. Su padre llevaba la comida y él se encargaba de darle a su hermana y comer él. Poco a poco la antes bonita, arreglada y limpia casa, se convirtió en un lugar sucio y desarreglado, donde los dos chiquillas jugaban sin preocuparse de otra cosa.
La hermana del hombre, le decía que necesitaba una mujer que se hiciera cargo de los chiquillos y que él también necesitaba de alguien.

Así que conoció a una mujer que tenía una pequeña. Se casaron y la vida siguió su curso. Todo cambió. La situación económica empezó a mejorar. La mujer era muy limpia y ordenada. Se cambiaron a otro lugar donde él volvió a tomar energía para trabajar. Dejó de ser el ogro que la gente conocía y poco a poco volvió a ser el hombre bueno y trabajador que muchos recordaban.

Para los chiquillos no fué tan sencillo acostumbrarse a tanta limpieza. Era una verdadera tortura tener que peinarse, tener que bañarse, cuidar que la ropa no se les ensuciara. Extrañaban sus años de hacer lo que les daba la gana. Fianlmente, el mayorcito se fué de la casa, dejando a su hermanita, para quien la pérdida fué dolorosa.

La vida siguió su curso. Las chiquillas crecieron, nuevos hermanitos llegaron. Pero la niña guardó en su corazón el dolor de la falta de amor con la cual había vivido desde su nacimiento. Necesitaba cariño y nadie se lo brindaba o por lo menos no en la manera en que ella sentía necesitar.

Ella miraba hacia el reino vecino tan lleno de verde, de flores, de animales pastando y pensaba que sería feliz el día que pudiera gozar de algo parecido.

Un día, fué invitada junto con su familia a vivir en ése reino. Fué como llegar a una dulcería con dulces deliciosos. Pero ni su padre ni sus hermanos parecían gozar tanto como ella de aquél paraíso. Ellos anhelaban vivir de una manera que a ella no le gustaba. Pronto se dió cuenta que no todo lo que brilla es oro, que en ése reino, las personas trabajaban y trabajaban mucho. Ella pensaba en su mente infantil que las cosas se hacían mágicamente. Y volvió a desear regresar a sus ños de libertad aunque no fuera tan limpia su vida.

Asi creció, se casó, tuvo sus hijos y los enseñó a gozar de la vida, les daba todo aquello que se les antojaba. Los mimaba y creía que no había ningún niño más hermoso que los suyos. Aún no había aprendido que para tener, hay que cuidar, hay que trabajar. que los reinos hermosos lo son por amor y trabajo.
Tal vez algún día lo entenderá. Tal vez.- pensaba su padre quien la quería mucho y la veía tomar caminos equivocados.
Tal vez algún día lo entenderá-pensaba su madre que la había criado y la quería mucho a pesar de no ser correspondida
Tal vez algún día lo entenderá- pensaba el rey y la reina