TRADUCCIÓN.
¡Dóciles niños! ¡jóvenes doncellas!
Día tan fausto celebrad alegres;
Lleguen al cielo vuestros sacros himnos,
¡Vírgenes puras!
No a ti, Valencia, referir es dado
Cuán fiel Patrono por el cielo electo
Tienes, ni el orbe numerar pudiera
Tantos portentos.
¿Quién, que privado de la luz se aflige?
¿Quién, que lamenta males, que padece
No halla el remedio, que su mano otorga
Pródiga siempre?
Honra del suelo, que fecunda el Turia,
Arbitro fuiste de los grandes reyes;
Tal te ostentaste, cuando al pueblo diste
Ínclito gefe.
Tú la primera piedra colocaste
Del que franquea, monumento vasto,
A la estudiosa juventud su puerta,
Bajo tu auspicio.
Tú, cual el astro refulgente, claro,
Rayos de ciencia derramaste, sienten
Hoy tus patricios de tu númen santo
Vívida llama.
Tú la semilla de virtud austera
Siembras en pueblos entre sí distantes;
Subes al trono del Excelso, y premia
Méritos tantos.
Llega con paso silencioso el cuarto
Siglo, y el pueblo por la fe movido
Himnos entona de alabanza, y canta
Gloria a Vicente.
Jacinto Asenjo.
AL SEÑOR D. JOSÉ ESCRIVÁ,
Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Valencia.
PALINODIA
¿Diga usted D. José? ¿qué significa
Ese vago rumor que el aire llena?
¿Esos carros triunfales
Que Valencia solicita fabrica,
Ese gozo que al público enagena,
Los suspiros que exhala generales,
Esos lienzos que animan los Apeles,
Esas piedras informes
Que algún Lisipo labra,
Qué nos dan a entender? Vaya, decidme,
Pues por mi parte aseguraros puedo
Que de tan grande enredo
No comprendo siquiera una palabra
-¿De veras, Rafael? -Como lo digo.
-¡Pues es una ignorancia delincuente!
¿No sabe usted amigo,
Que esa turba gozosa y delirante
Que se rebulle y grita
y a millones se agita,
Se dispone a millares
Veloz y diligente
A celebrar las fiestas seculares
De nuestro gran patrono San Vicente?
-¡Pues tiene usted razón, he sido un necio!
Y de marca mayor, de gran calibre.
¿Usté es hijo del Cid? -De tal me precio.
-¿Sabe usted que es un cargo de conciencia
Que un hijo de Valencia
Al tratar de su joya más brillante
En su pecho no sienta el entusiasmo?
- Ciertamente que sí. -¡Pues sí es pasmo
Indiferencia tal! -Pero no obstante,
Para borrar tan censurable olvido,
Para estinguirlo de cualquiera modo
Exija usted de mí, me allano a todo.
Una palabra sola y por encanto
Verá usté honrar y enaltecer al Santo.
Poco valgo, señor, nada merezco,
Mas cuanto valgo y cuanto soy ofrezco
-No esperaba yo menos; y pues justo
Ese júbilo encuentra,
Yo me atrevo a esperar que por su parte
Sabrá contribuir. -Con mucho gusto.
¿Hay que avisar que pongan luminarias,
Repartir por las calles papeluchos,
Gacetas espender estraordinarias?
Hable usted, hable usted, pues lo prevengo
Que como soy poeta... vamos tengo
Dineros pocos, más deseos muchos
-No se trata de gastos, ni quería
Su servicio aceptará tanta costa
No señor; más quisiera
Que para el día veinte me escribiera
Alguna cosa en verso. -Por la posta
¡vaya pues, si es la cosa más sencilla!
Le escribiré un poema a San Vicente
Y la historia también... precisamente
Ha mencionado usted mi comidilla.
¡Allí es nada mi musa! En poco tiempo
He escrito dos tragedias,
Un drama aterrador, patibulario,
Veinticinco sonetos, seis comedias
Muy graciosas, muy bellas, muy bonitas
Un romance a las ánimas benditas
Un sainete feroz y un calendario,
Sin contar una serie de entremeses
Originales todos muy estraños.
Más coplitas he ascrito en cinco meses
Que usted podrá leer en muchos años.
-¿Hombre tan fácil es? ¡No es alabarme,
Pero tengo talento.
Dígnese usted escucharme.
Hubo un tiempo feliz en que mi estrella
A rango me elevó de oficinista;
Para mi mente ociosa
Pudiera jamás hacer mejor cosa.
Yo que había adquirido la conciencia
De que no necesitaba
Más luces mi brillante inteligencia
La gaceta leía
Sendos puros fumaba Sin despachar jamás un espediente
Ni poner un estrado; pero un día
Porque no trabajaba
Me dijeron, señor, que no servía.
¡Despotismo mayor! Y en un instante,
Firmo un ministro y me dejó cesante.
¡Ya ve usted qué conducta más estraña!
Cuando el no trabajar ha sido siempre
Una acción meritoria aquí en España.
Después de este preludio
No pudiendo ya ser oficinista
Consagréme al estudio,
De sanguijuela me elevé a jurista.
Y me hablaron de códigos, de leyes,
De ventas, de retractos,
De dotes, gananciales, patrimonios
De dominios, de pactos
Y hasta ¡líbreme Dios! de matrimonios.
Es verdad que al tratado de consorcios
Siguió inmediatamente el de divorcios.
Pero cá, ni por esas; me aburría
Un estudio tan árido, ya entonces,
La luz del genio en mi cabeza ardía
El claustro de Valencia a quien venero
La paciencia que tengo me probaba
Con «estudie usted a Heinecio, lea usted a Cayo
Útil ciencia adquirir podrá en Febrero»
Pero yo no estudiaba ni aun en Mayo.
Porque vamos a cuentas, ¿qué le pasa
Al que examina con afán las leyes
De Najera, de Toro y de Montalbo?
¿Qué llega a conseguir? quedarse calvo
Y la ausencia del pelo
Será una desazón, será una pena
Digo será, porque benigno el cielo
La lección me enseñó en cabeza agena.
Cansado y aburrido
De una ciencia tan árida y penosa
También la descuidé, que no ha nacido
Mi talento, señor, para la prosa.
A impulso de una llama que secreta
En mi mente vivísima brillaba,
De este mundo partí, me hice poeta
Y en alas de mi ardiente fantasía
Raudo crucé por la región vacía.
Del cerro de Helicona hallé atrevido
La inaccesible escarpa,
Y alumno de Minerva protegido,
En un año a lo más he recorrido
El Parnaso español tocando el arpa
Esta mi historia es: digo y completa
Ese vago rumor que el aire llena?
¿Esos carros triunfales
Que Valencia solicita fabrica,
Ese gozo que al público enagena,
Los suspiros que exhala generales,
Esos lienzos que animan los Apeles,
Esas piedras informes
Que algún Lisipo labra,
Qué nos dan a entender? Vaya, decidme,
Pues por mi parte aseguraros puedo
Que de tan grande enredo
No comprendo siquiera una palabra
-¿De veras, Rafael? -Como lo digo.
-¡Pues es una ignorancia delincuente!
¿No sabe usted amigo,
Que esa turba gozosa y delirante
Que se rebulle y grita
y a millones se agita,
Se dispone a millares
Veloz y diligente
A celebrar las fiestas seculares
De nuestro gran patrono San Vicente?
-¡Pues tiene usted razón, he sido un necio!
Y de marca mayor, de gran calibre.
¿Usté es hijo del Cid? -De tal me precio.
-¿Sabe usted que es un cargo de conciencia
Que un hijo de Valencia
Al tratar de su joya más brillante
En su pecho no sienta el entusiasmo?
- Ciertamente que sí. -¡Pues sí es pasmo
Indiferencia tal! -Pero no obstante,
Para borrar tan censurable olvido,
Para estinguirlo de cualquiera modo
Exija usted de mí, me allano a todo.
Una palabra sola y por encanto
Verá usté honrar y enaltecer al Santo.
Poco valgo, señor, nada merezco,
Mas cuanto valgo y cuanto soy ofrezco
-No esperaba yo menos; y pues justo
Ese júbilo encuentra,
Yo me atrevo a esperar que por su parte
Sabrá contribuir. -Con mucho gusto.
¿Hay que avisar que pongan luminarias,
Repartir por las calles papeluchos,
Gacetas espender estraordinarias?
Hable usted, hable usted, pues lo prevengo
Que como soy poeta... vamos tengo
Dineros pocos, más deseos muchos
-No se trata de gastos, ni quería
Su servicio aceptará tanta costa
No señor; más quisiera
Que para el día veinte me escribiera
Alguna cosa en verso. -Por la posta
¡vaya pues, si es la cosa más sencilla!
Le escribiré un poema a San Vicente
Y la historia también... precisamente
Ha mencionado usted mi comidilla.
¡Allí es nada mi musa! En poco tiempo
He escrito dos tragedias,
Un drama aterrador, patibulario,
Veinticinco sonetos, seis comedias
Muy graciosas, muy bellas, muy bonitas
Un romance a las ánimas benditas
Un sainete feroz y un calendario,
Sin contar una serie de entremeses
Originales todos muy estraños.
Más coplitas he ascrito en cinco meses
Que usted podrá leer en muchos años.
-¿Hombre tan fácil es? ¡No es alabarme,
Pero tengo talento.
Dígnese usted escucharme.
Hubo un tiempo feliz en que mi estrella
A rango me elevó de oficinista;
Para mi mente ociosa
Pudiera jamás hacer mejor cosa.
Yo que había adquirido la conciencia
De que no necesitaba
Más luces mi brillante inteligencia
La gaceta leía
Sendos puros fumaba Sin despachar jamás un espediente
Ni poner un estrado; pero un día
Porque no trabajaba
Me dijeron, señor, que no servía.
¡Despotismo mayor! Y en un instante,
Firmo un ministro y me dejó cesante.
¡Ya ve usted qué conducta más estraña!
Cuando el no trabajar ha sido siempre
Una acción meritoria aquí en España.
Después de este preludio
No pudiendo ya ser oficinista
Consagréme al estudio,
De sanguijuela me elevé a jurista.
Y me hablaron de códigos, de leyes,
De ventas, de retractos,
De dotes, gananciales, patrimonios
De dominios, de pactos
Y hasta ¡líbreme Dios! de matrimonios.
Es verdad que al tratado de consorcios
Siguió inmediatamente el de divorcios.
Pero cá, ni por esas; me aburría
Un estudio tan árido, ya entonces,
La luz del genio en mi cabeza ardía
El claustro de Valencia a quien venero
La paciencia que tengo me probaba
Con «estudie usted a Heinecio, lea usted a Cayo
Útil ciencia adquirir podrá en Febrero»
Pero yo no estudiaba ni aun en Mayo.
Porque vamos a cuentas, ¿qué le pasa
Al que examina con afán las leyes
De Najera, de Toro y de Montalbo?
¿Qué llega a conseguir? quedarse calvo
Y la ausencia del pelo
Será una desazón, será una pena
Digo será, porque benigno el cielo
La lección me enseñó en cabeza agena.
Cansado y aburrido
De una ciencia tan árida y penosa
También la descuidé, que no ha nacido
Mi talento, señor, para la prosa.
A impulso de una llama que secreta
En mi mente vivísima brillaba,
De este mundo partí, me hice poeta
Y en alas de mi ardiente fantasía
Raudo crucé por la región vacía.
Del cerro de Helicona hallé atrevido
La inaccesible escarpa,
Y alumno de Minerva protegido,
En un año a lo más he recorrido
El Parnaso español tocando el arpa
Esta mi historia es: digo y completa
¿Cree usted que me falta alguna cosa
Para aspirar al nombre de poeta?
Ni las artes jamás he saludado
Ni un compendio de ciencias he leído
De todo el que estudiaba me he burlado
De todo el que aprendía me he reído.
Ya ve usted que esto sólo,
Me parece que basta y aún que sobra
Para ser buen discípulo de Apolo
Y esto no tiene duda, una gran parte
De los que egercen tan difícil arte
En este siglo, y pasan por muy buenos,
Han hecho lo que yo, ni más ni menos.
¡Con que versos a mí! Los que usted quiera
Aunque debo advertirle que yo sólo
Abastecer podré a Valencia entera
-Pues cuento con usted -Como me asista
El coro de las nueve... Hasta otro rato.
-Que usted lo pase bien, hasta la vista.
Después de este diálogo,
Marché con rapidez hacia mi casa,
Escribí en un papel algunas notas,
Pero al coger para pulsar la lira,
La hallé sin cuerdas, las clavijas rotas.
En este compromiso,
Me pareció preciso
Recurrir al favor del Numen Santo
Que nuestra mente inspira,
Y con fecha del día diez y siete
Le pedí inspiración en un billete.
El día veinte y uno se apagaba
El veinte y dos nacía
Siete hacia lo menos que esperaba,
Y aunque la urgencia aquella me apuraba
El billete de Apolo no venía
Parecióme el silencio un mal augurio,
Y sin más dilaciones
Le escribí cuatro letras a Mercurio,
Con quien tengo bastantes relaciones.
Llegó por fin el día veinte y cinco,
Ya el sol por el ocaso
Iba en busca del día venidero
Cuando la aldaba agitan de mi puerta.
-¿Quién?-Abra usted, soy el cartero,
-¿De Aragón? ¿De Castilla? -Del Parnaso
Antes de concluir ya estaba abierta
Sentí en el alma lo que siente el náufrago
Al divisar el suspirado puerto:
Pagué una carta que decía urgente,
Y jamás ¡ay de mí! la hubiera abierto;
El tenor de la carta era el siguiente
«La tuya he recibido por desgracia,
Y te hablo con franqueza, no creía.
Que cupiera en tu mente tal audacia,
¿Con que tienes valor para llamarte
Alumno de la bella poesía
Vete con esa música a otra parte.
¿Imaginas acaso
Que no hay más que escribir cuatro coplitas,
Para tomar asiento en el Parnaso?
Si no estudiaste, ni aprendiste nada
¿Por qué, osado te atreves
A emprender tan temprano esta jornada?
Si no alumbran los rayos de mi frente
Tu fría inteligencia;
Si oscureció tu mente
Al mirar la alborada de la ciencia
Nacer brillante en el rosado Oriente;
¿Por qué tu audaz razón, necia imagina
Que ha de sentir mi inspiración divina?
Pensamiento tan necio,
Merece mi favor... no, mi desprecio.
Ambiciosa manada de ignorantes
Que de sano juicio estáis a oscuras,
Miserables vencejos
Que vais en pos de tropos y figuras
Como quien anda a caza de conejos
Pedantes que ni amparo
Ni protejo, ni inspiro,
Venales, envidiosos,
Que con tanto descaro
Escribís esos versos tenebrosos
Con tanta interjeción, tanto suspiro.
Que no sabéis salir del diccionario
Por los malos poetas esprimido,
De auras fugaces, perfumadas flores,
Brisas, matices, arroyuelos mansos,
Follages verdes y profundos piélagos,
No os llaméis cisnes porque sois muy gansos
Ni alegres ruiseñores, sois murciélagos
Ni poetas seréis, ni lo habéis sido,
Ni hay uno ¡vive Dios! que lo sospeche;
No vengáis por laurel, de lo contrario
De uno mustio que tengo recogido
He de hacer con vosotros escabeche.
Dejadme en paz y delirad felices,
Y sabed que si alguno se propasa
A venir a las puertas de mi casa
Le daré con la puerta en las narices.
Y tú, más que los otros fastidioso,
(Esto que viene ahora va conmigo)
Coplero parlanchín y revoltoso,
Que mi cólera enciendes
De todo hablando, aunque de nada entiendes
Que así me ultrajas,
Que con toda tu ardiente fantasía,
Ni aun debes escribir para esas cajas
De Pascasio, Lizarbe y Compañía;
Que para no estudiar una palabra
Te pusiste a escribir, no eres poeta.
En tu audacia notoria
Pensarás acercarte hacia mi gloria,
Pero no pasarás de la Glorieta:
Rompe, pues, esa lira desacorde,
Apártala de ti, cese tu canto;
¡No es digno su chirrido impertinente
Del ilustre Vicente
Lumbrera de la fe y Apóstol Santo:
Ingenios tiene Edeta peregrinos,
Que con la ayuda mía
Cantarán sus virtudes,
Lanzando de sus célicos laúdes
Raudales de armonía.
Hombres hay eminentes,
Talentos que yo inspiro, colosales;
Mis manos celestiales
Sabrán ceñir sus inspiradas frentes
De rosas inmortales;
Y si acaso la tuya
Aspira a merecer honra tan alta,
El camino hallará en la huella suya.
Fatiga con estudios tu memoria
Ilustra tu apagada inteligencia,
Porque, sólo las llaves de la ciencia
Facilitan las, puertas de la glorieta:
Esto Apolo me ha dicho, yo quisiera
Escribir; mas no puedo:
Crea usted que lo haría si pudiera;
Como soy de ese Dios muy buen vasallo,
Ato mi lengua, y enmudezco y callo:
Mi vista aparto del celeste templo,
Y a sus deidades plegue
Que muchos sigan mi laudable egemplo.
Rafael María Liern.
Para aspirar al nombre de poeta?
Ni las artes jamás he saludado
Ni un compendio de ciencias he leído
De todo el que estudiaba me he burlado
De todo el que aprendía me he reído.
Ya ve usted que esto sólo,
Me parece que basta y aún que sobra
Para ser buen discípulo de Apolo
Y esto no tiene duda, una gran parte
De los que egercen tan difícil arte
En este siglo, y pasan por muy buenos,
Han hecho lo que yo, ni más ni menos.
¡Con que versos a mí! Los que usted quiera
Aunque debo advertirle que yo sólo
Abastecer podré a Valencia entera
-Pues cuento con usted -Como me asista
El coro de las nueve... Hasta otro rato.
-Que usted lo pase bien, hasta la vista.
Después de este diálogo,
Marché con rapidez hacia mi casa,
Escribí en un papel algunas notas,
Pero al coger para pulsar la lira,
La hallé sin cuerdas, las clavijas rotas.
En este compromiso,
Me pareció preciso
Recurrir al favor del Numen Santo
Que nuestra mente inspira,
Y con fecha del día diez y siete
Le pedí inspiración en un billete.
El día veinte y uno se apagaba
El veinte y dos nacía
Siete hacia lo menos que esperaba,
Y aunque la urgencia aquella me apuraba
El billete de Apolo no venía
Parecióme el silencio un mal augurio,
Y sin más dilaciones
Le escribí cuatro letras a Mercurio,
Con quien tengo bastantes relaciones.
Llegó por fin el día veinte y cinco,
Ya el sol por el ocaso
Iba en busca del día venidero
Cuando la aldaba agitan de mi puerta.
-¿Quién?-Abra usted, soy el cartero,
-¿De Aragón? ¿De Castilla? -Del Parnaso
Antes de concluir ya estaba abierta
Sentí en el alma lo que siente el náufrago
Al divisar el suspirado puerto:
Pagué una carta que decía urgente,
Y jamás ¡ay de mí! la hubiera abierto;
El tenor de la carta era el siguiente
«La tuya he recibido por desgracia,
Y te hablo con franqueza, no creía.
Que cupiera en tu mente tal audacia,
¿Con que tienes valor para llamarte
Alumno de la bella poesía
Vete con esa música a otra parte.
¿Imaginas acaso
Que no hay más que escribir cuatro coplitas,
Para tomar asiento en el Parnaso?
Si no estudiaste, ni aprendiste nada
¿Por qué, osado te atreves
A emprender tan temprano esta jornada?
Si no alumbran los rayos de mi frente
Tu fría inteligencia;
Si oscureció tu mente
Al mirar la alborada de la ciencia
Nacer brillante en el rosado Oriente;
¿Por qué tu audaz razón, necia imagina
Que ha de sentir mi inspiración divina?
Pensamiento tan necio,
Merece mi favor... no, mi desprecio.
Ambiciosa manada de ignorantes
Que de sano juicio estáis a oscuras,
Miserables vencejos
Que vais en pos de tropos y figuras
Como quien anda a caza de conejos
Pedantes que ni amparo
Ni protejo, ni inspiro,
Venales, envidiosos,
Que con tanto descaro
Escribís esos versos tenebrosos
Con tanta interjeción, tanto suspiro.
Que no sabéis salir del diccionario
Por los malos poetas esprimido,
De auras fugaces, perfumadas flores,
Brisas, matices, arroyuelos mansos,
Follages verdes y profundos piélagos,
No os llaméis cisnes porque sois muy gansos
Ni alegres ruiseñores, sois murciélagos
Ni poetas seréis, ni lo habéis sido,
Ni hay uno ¡vive Dios! que lo sospeche;
No vengáis por laurel, de lo contrario
De uno mustio que tengo recogido
He de hacer con vosotros escabeche.
Dejadme en paz y delirad felices,
Y sabed que si alguno se propasa
A venir a las puertas de mi casa
Le daré con la puerta en las narices.
Y tú, más que los otros fastidioso,
(Esto que viene ahora va conmigo)
Coplero parlanchín y revoltoso,
Que mi cólera enciendes
De todo hablando, aunque de nada entiendes
Que así me ultrajas,
Que con toda tu ardiente fantasía,
Ni aun debes escribir para esas cajas
De Pascasio, Lizarbe y Compañía;
Que para no estudiar una palabra
Te pusiste a escribir, no eres poeta.
En tu audacia notoria
Pensarás acercarte hacia mi gloria,
Pero no pasarás de la Glorieta:
Rompe, pues, esa lira desacorde,
Apártala de ti, cese tu canto;
¡No es digno su chirrido impertinente
Del ilustre Vicente
Lumbrera de la fe y Apóstol Santo:
Ingenios tiene Edeta peregrinos,
Que con la ayuda mía
Cantarán sus virtudes,
Lanzando de sus célicos laúdes
Raudales de armonía.
Hombres hay eminentes,
Talentos que yo inspiro, colosales;
Mis manos celestiales
Sabrán ceñir sus inspiradas frentes
De rosas inmortales;
Y si acaso la tuya
Aspira a merecer honra tan alta,
El camino hallará en la huella suya.
Fatiga con estudios tu memoria
Ilustra tu apagada inteligencia,
Porque, sólo las llaves de la ciencia
Facilitan las, puertas de la glorieta:
Esto Apolo me ha dicho, yo quisiera
Escribir; mas no puedo:
Crea usted que lo haría si pudiera;
Como soy de ese Dios muy buen vasallo,
Ato mi lengua, y enmudezco y callo:
Mi vista aparto del celeste templo,
Y a sus deidades plegue
Que muchos sigan mi laudable egemplo.
Rafael María Liern.
