Por Laura Aguilar Ramírez
Cuento para Domingo de Ramos
Un buen día, en Belen, una burra gemía lastimeramente. Estaba sóla, su amo no le había dado de comer por habersele olvidado.
Su amo era posadero. Los negocios no iban muy bien que digamos. Las hospederías abundaban en ése tiempo. Continuamente escuchaba la burra a su amo recordar con melancolía los tiempos en que sus ancestros iniciaron el negocio.
Hablaba del Rey David con gran entusiasmo. El había escuchado del Gran Rey de boca de su padre y éste a su vez, de boca del suyo.
Pero el esplendor de la aldea donde nació el Rey David y que era visitada por ése motivo había pasado a la historia. A las personas ya no les interesaba mucho conocer donde había nacido, ahora iban en multitudes hacia Jerusalen, la gran ciudad donde el Templo construido por el hijo del Rey David lucía altivo y gigantesco.
Sólo algunos peregrinos que pasaban por el lugar se hospedaban ahí.
Ahora su amo estaba feliz. Se había ordenado que cada persona se dirigiera al lugar de orígen para ser censados. Muchos llegaron a Belen. Y su amo andaba trajinando de aquí para allá con la hospedería llena. El poblado hervía de personas llegadas de todas partes.
Una noche vió entrar al establo a la mujer más bella que recordara haber visto, venía acompañada de un hombre que parecía cansado. Ella esperaba un bebé.
Escuchó decir al hombre muy apenado, que lamentaba no poder brindarle un mejor lugar a la mujer. Pero ella, sonriendo dulcemente le dijo que era el lugar más maravilloso porque estaba a resguardo y su bebé también.
Esa noche, el establo se llenó de una luz enceguecedora. La burra no temía desde el momento en que había visto al hombre que le había anunciado algo tan bonito para su borrico.
Cuando la luz desapareció, el gorgojeo de una voz de bebé se escuchó en el establo. Un hermoso bebé reposaba en los brazos de su madre.
El hombre tomó el pesebre donde la burra y el buey del amo tomaban sus alimentos, lo limpió y lo cubrió con heno fresco. Sobre el heno puso una manta. Y en ella colocaron al bebé.
El buey y la burra no salían de su asombro. Todo era tan irreal, tan luminoso y a la vez tan hermoso que sólo acertaban a mirar lo que sucedía.
Al poco tiempo, llegaron unos pastores que se inclinaron ante el bebé y lo aclamaban.
La mujer y el hombre permanecieron en el establo porque no podían viajar dado que el bebé era muy pequeño.
Otro día, vieron con asombro llegar una gran caravana con camellos, caballos y elefantes. Tres hombres vestidos ricamente se acercaron al humilde establo y al igual que los pastores habían hecho antes, se inclinaron ante el bebé y lo aclamaban.
Al retirarse la mujer, el bebé y el hombre, todo quedó como a oscuras. La burra estaba triste.
Pero un gran resplandor volvió a brillar en el establo. Un bello hombre se acercó a ella y con suave voz le dijo: "no te preocupes. Todo estara bien. El burrito que pronto darás a luz, tendrá un gran destino. Tendrá una gran misión."
La burra se puso feliz. Si ella había visto maravillas, ¿Qué vería su borrico?
Una noche, nació el borrico. Era hermoso con su pelaje sedoso y sus grandes ojos abiertos como luceros.
Han pasado 33 años de éstos hechos. La burra ha fallecido ya.
Un hombre ha llegado a la casa del hombre a quien su borrico fué vendido. El ahora burro es robusto porque ha sido bien cuidado. Pero aún espera saber cuál es la que sería tan maravillosa misión, porque hasta la fecha, todo ha sido comer, trabajar, llevar de un sitio a otro a los distintos amos que ha tenido.
Ha estado en varios lugares. Ha servido a varias personas: un panadero que lo ocupaba para cargar el trigo con el cual hacía el pan. También ha servido a un carpintero que lo usaba para cargar la madera con la que hacía sus muebles. En fin.. pero no ha sabido aún cuál era la hermosa misión que su madre le había dicho.
Su amo se acercó a él y acariciándole el lomo le dijo que sería llevado para servir a un Rey, mejor dicho al Rey de Reyes.
¿Yo? pensó el burrito ¿yo sirviendo a un gran rey? Seguramente ésta es la misión que me dijeron de bebé. Jijau jijau
El burrito vió entonces al rey. Y lo reconoció. Esos ojos tan hermosos no los había olvidado. Estaban llenos de ternura, de amor. Eran los mismos ojos con que un bebé en un establo lo había mirado cuando yacía al lado de su madre.
El rey lo acarició y le dijo: "me alegra verte, querido. A llegado el momento de tu gran misión"
Y subiendo en él, avanzó hacia la gran ciudad Jerusalen. El burrito iba feliz, trotaba con la cabeza levantada, sabiendo que ningún otro burro tenía ése gran honor. Y si lo habían tenido, el suyo era más grande.
La gente a su lado, levantaba palmas y aclamaba al Rey. El burrito sentía salirsele el corazón por tan gran honor. La gente ponía mantos al paso del Rey. El burrito pisaba sobre ellos como si pisara sobre pétalos de rosa.
Al llegar a una posada, el burro fué atado al poste. Su corazón no soportaba estar lejos de ésos ojos que con tanto amor lo habían mirado.
Esa noche, el burro falleció. Tendido en el establo, su corazón se detuvo. Ya nada había más qué hacer. Después de haberlo montado tan gran Rey, nadie más volvería a hacerlo.

